Yhasua y los 4 amigos de Jerusalén

De Obra FCU
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En barco a Egipto[editar]

(AE, EN LA CIUDAD DE ALEJANDRÍA)

Sobre la responsabilidad de adquirir conocimientos superiores y el ideal de dignificación humana a través de la sabiduría y el amor.

Parte 1[editar]

—En cuanto a mí –decía Gamaliel–, me siento como abrumado bajo el peso de las responsabilidades que contraemos nosotros, al poseer estos grandes secretos del pasado.

“¿Cómo imponerlos a nuestros contemporáneos que ya se cristalizaron, se momificaron en su pensar referente a acontecimientos que la evidencia y la lógica demuestran no estar en la verdad?

“Y si no podemos obligarles a aceptar la realidad de los hechos, ¿de qué nos sirve la posesión de estos grandes secretos guardados por los siglos que pasaron? He ahí mi gran preocupación.

“Estamos, bien lo sabéis, en posesión de la sabiduría antigua, donde encontramos las huellas bien marcadas de sistemas y principios que levantaron el nivel espiritual de civilizaciones muy remotas. Esas antiquísimas Escuelas de altos conocimientos denominados Profetas Blancos, Flámenes, Dakthylos, Kobdas; nos hablan de un espacio infinito, o sea ilimitado, poblado de globos y que son, o se preparan para ser, morada de otras tantas humanidades y especies de seres orgánicos de inferior y superior escala que la humana.

“En algunas de dichas Escuelas, hasta llegaron a saber la forma de vida colectiva de las humanidades que pueblan determinados planetas de nuestro sistema solar.

“¿Cómo hacer entrar en las mentalidades actuales lo que es el Gran Atmán, la Causa Única y Suprema que es la Vida Universal y la Idea Eterna, si ellos conciben a Dios como un gran señor, un poderoso rey arbitrario y colérico, como todo el que se sabe dueño único?

“Más aún: las mentalidades actuales en su gran mayoría, ni aún conciben la forma esférica de esta tierra que habitamos; y este puñado de habitantes terrestres, nos creemos los únicos seres inteligentes del vasto universo.

“Es una tiniebla muy pesada, amigos míos, para que nuestra lamparilla pueda penetrar en ella...

Parte 2[editar]

—Has hablado mucho y muy bien Gamaliel –le dijo el Maestro–, pero has olvidado una cosa.

—¿Cuál Yhasua? Dilo.

—Has hecho como un sembrador que sale a su campo con un saco de semillas para sembrar. Mira todo lleno de zarzales y de pedruscos y dice: ¿dónde he de arrojar esta semilla si los zarzales y las piedras cubren toda la tierra? Y padece y gime por no encontrar un palmo de tierra apto para la siembra. ¿Qué le aconsejarías tú al sembrador de mi cuento?

—Pues, sencillamente que quite los pedruscos y limpie de zarzales el terreno, que remueva la tierra en ordenados surcos y entonces arroje la semilla –contestó Gamaliel.

—Justamente, es lo que debemos hacer nosotros que tenemos un gran saco de la semilla preciosa de la verdad eterna: preparar el terreno para que la simiente pueda germinar. Y aquí vuelvo a las teorías de mis Maestros Esenios: luchar contra la ignorancia de las masas que fueron llevadas a la oscuridad por inteligencias interesadas en dominarlas a su capricho, para embrutecerlas y explotarlas en provecho propio, como se hace con una majada de bestias que no piden más que comer y beber.

—Toda esta tiniebla de ignorancia en que se debate la humanidad en esta civilización, se debe a que apagaron la lámpara radiante de Moisés –dijo Nicodemus–.

“En su incomparable Génesis estaba encerrada como en un vaso de alabastro, toda la verdad eterna de Dios. Desde la formación de las nebulosas hasta el aparecer de la especie humana de este planeta, todo estaba comprendido en la obra de Moisés.

“Destruida ella, nuestra humanidad se sumergió en las tinieblas.

—Estás en lo cierto –observó Nicolás–, y con esas palabras abres el camino ya indicado por Yhasua. Ahí están las piedras y los zarzales que hemos de extirpar, para que la semilla que sembró Moisés hace quince siglos, podamos nosotros volver a sembrarla con éxito en la hora presente.

—Y sembrarla como la siembran los Esenios, escogiendo las almas de entre el montón, no arrojándola indiscretamente sobre piedras impenetrables o zarzales rebeldes, hasta que apartados por completo los estorbos, podamos derramarla a manos llenas y a campo descubierto –añadió José de Arimathea.

—Muy bien, José, muy bien –exclamó Yhasua con la alegría pintada en el semblante–.

“Has puesto el broche de oro a esta conversación nocturna en la cámara de un barco que nos conduce a la ciudad de las Ciencias Antiguas, donde vamos a recoger más semillas para nuestra siembra.

—Habéis asestado un golpe de muerte a mi pensamiento –decía satisfecho Gamaliel, el que más dudaba de la capacidad humana de entonces para aceptar y comprender las grandes verdades respecto de la creación universal, de Dios y de las almas.

—El pesimismo es uno de los mayores obstáculos para la tarea que nos hemos impuesto –observó Nicodemus–. Debemos creer en el triunfo aunque lo veamos como un tesoro que está oculto en un desierto inexplorado.

“La conquista de ese tesoro costará sacrificios enormes, hasta de la vida quizá. Habrá mártires y habrá sangre, porque la ambición y el egoísmo ciegan a los hombres dirigentes de pueblos, y creen que cortando cabezas se matan las ideas que reflejan la Verdad Suprema.

—La humanidad en general, huye de remover el pasado como huyen las bestias de volver a pasar por un campo que fue talado por un incendio y que aparece cubierto de cenizas. Allí no hay nada para comer. Así la humanidad inconsciente no busca nada en el pasado y por eso no aprende las lecciones de sabiduría que le da el pasado, en el cual se ve que toda evolución en sentido moral, espiritual y aún material ha costado muchos y enormes sacrificios, mucha sangre, muchas vidas para conseguirlo.

Y Yhasua, que pronunciaba tales palabras, pensaba sin atreverse a decirlo para no asustar a sus amigos:

“Si la Eterna Ley nos pide el sacrificio de nuestra vida para encender de nuevo en la tierra la lámpara de Moisés, ¿qué otra cosa hemos de hacer sino darla? De no hacerlo, sería la claudicación”.

El egoísmo del clero judío; el egoísmo del poder romano dominante en el mundo de entonces, que había hecho de todos los pueblos una colonia romana, se levantaban como gigantescos fantasmas para aplastar bajo su pie de hierro toda cabeza que se irguiera entre la turba sumisa para decir:

—Soy una inteligencia que razona y piensa, no una bestezuela que come y duerme.

Un silencio de meditación llenó la cámara del barco donde se gestaba ese gran movimiento espiritual, al cual debía dar formas definidas años más adelante el Apóstol Nazareno, en el que había encarnado el Verbo de Dios.

El rumor de las olas chocando con el casco del barco, el chasquido del viento agitando las velas tendidas, era el concierto que acompañaba a los pensamientos sublimes y heroicos de aquellos cinco hombres que soñaban despiertos con el grande y hermoso ideal de la dignificación humana por la sabiduría y por el amor.