Montañas y personas

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Digresión de Hilarión en Moisés[editar]

(MS, OTRA VEZ AL DESIERTO)

Andar unidas de la mano la vida activa y la vida contemplativa no es nada fácil de realizar porque no teniendo adquirido un completo dominio de la mente, donde aletea a veces la imaginación como una mariposa inquieta alrededor de una flor, no sosiega nuestro mundo interno lo bastante como para penetrar a ese íntimo Santuario oculto donde nos aguardan

  • las leyes Divinas,
  • las imágenes sacrosantas de renuncias por hacer,
  • los excelsos pensamientos de lo que Psiquis teje y desteje en sus andanzas por planos más superiores que el barroso y agitado de la tierra, de donde ella no puede escapar sino a momentos y a hurtadillas, como un ansioso chicuelo sometido a forzada clausura aprovecha para huir una rendija abierta al descuido.

Todo esto debió superarlo Moisés (...)

–“Tú no necesitas ya de las criaturas, pero ellas necesitan de ti” –le había dicho en una profunda meditación su alma esposa que en los últimos años de esta excelsa vida humana casi no le dejaba largo tiempo sin su presencia–.

¿Cómo podrás negar la fuerza de tu amor y tus consuelos, la iluminada claridad de tu fe y confianza en el Dios Único, a las mismas criaturas arrancadas por ti de la inconsciencia de un mundo de ciegos? ¿No es eso precipitarlas nuevamente en el mismo oscuro abismo de donde las sacaste con inauditos esfuerzos? ¿No sería eso destruir la misma obra a que te sentiste llamado en tus años de juventud y virilidad?”

Y Moisés había bajado la frente ante esta sublime verdad y se entregaba día por día con heroico valor a lo que era y debía ser su larga vida: de reflejo vivo del Dios Único, Eterno e Invisible, que había sentido dentro de sí mismo desde sus años primeros, como un divino y suavísimo fuego que nunca se extinguió en él.

–Las arenas del desierto y los peñascos de las montañas me han enseñado grandes cosas –solía decir Moisés en sus confidencias espirituales con los que él sabía que le comprenderían. Y alguno de ellos le preguntaba entonces:

–¿No podrías transmitirnos, Maestro, algo de la enseñanza del desierto y las montañas?

Es tan simple que casi me avergüenzo de llamarle enseñanza, pero como yo mismo me veo ya anciano, paréceme que las palabras de un viejo amigo vuestro, os traerán junto con mi recuerdo, la historia que juntos hemos vivido en esta numerosa grey que la Divinidad ha encomendado a nuestra solicitud.

“¡Cuán buenas son, Señor, tus montañas! –exclamaba de pronto, levantando aquella su cabeza pensadora que ya aparecía envuelta en blancas guedejas–.

Las montañas[editar]

¡Qué buenas son tus montañas! ¡Centenares de veces en mis idas y venidas, subidas y bajadas pude resbalar y hacerme pedazos en los precipicios!

Pero las montañas nunca me dejaron caer sino que amorosas me sostuvieron hasta que pasó el vértigo o desequilibrio que produjo la caída, y aún me brindaron una raíz que salía entre las piedras, o un saliente mismo como un oportuno estribo que sostuvo mi pie.

“Son bondades éstas que muy rara vez encontramos entre nuestros semejantes, en los cuales hemos gastado a veces toda una larga vida.

¡Cuánto me han amado y me aman estas montañas sin que yo nada haya hecho por ellas! Tal como la naturaleza las formó las veo, y las vi siempre sin que ellas hayan necesitado de mí ni siquiera un grumo de arenisca.

“Muy al contrario, son ellas que me deleitan con el esplendor imponente de su elevación hasta más arriba de las nubes, con sus coloridos que sólo en ellas encuentro, con sus cavernas y grutas acogedoras que me resguardaron muchas veces de las avalanchas de nieve, del ímpetu arrollador de los vientos, de los rayos ardientes del sol, y de las garras de las fieras que en algo se parecen a las criaturas humanas. Pero debemos aceptar que las montañas nos llevan a bendecir al Eterno Poder que las construyó tan altas, tan bellas y tan buenas.

“Pero ellas en su impasible quietud de piedra no pueden ayudarme a pulir a Psiquis, ni a vestirla el blanco ropaje de las bodas divinas.

Las personas[editar]

En cambio la convivencia diaria con las criaturas humanas es un crisol tan ardiente, tan llama viva que va quemando y consumiendo todos los excedentes que afean a Psiquis:

  • las verrugas de la soberbia,
  • las pústulas infecciosas de la lujuria,
  • la granizada escarlata de todas las vanidades,
  • los tumores cancerosos del interés,

todo lo va quemando a fuego lento la convivencia entre los humanos, que se apresuran a descubrir todos los pequeños o grandes adefesios que desfiguran esta divina Psiquis hija del cielo, que nació para ser eternamente bella, y que tanto nos cuesta conseguirlo. Porque es así y siempre será así.

  • Si a las criaturas humanas les brindamos el resplandor de una luz para evitarles tropiezos en el camino, descubren en seguida de que lo hacemos por nuestro deseo de que todos vean lo que hacemos.

Y dicen: “Para eso encienden esta luz”.

  • Si partimos con ellas cuanto tenemos, descubren enseguida que las polillas abundantes en nuestra casa iban a destruirlo todo, y antes de perderlo sin provecho, lo compartimos con ellas y aparecemos como generosos benefactores.
  • Si les advertimos sus errores y faltas con el sólo deseo de que corran veloces por la senda de su evolución, nos miran burlonas y nos dicen:

Lo mismo hacéis vosotros en escondidos y ocultos rincones, y aparecéis como perfectos y santos dignos de subir a un altar.

Todo este áspero y ardiente crisol, embellece a Psiquis hasta convertirlo en una luz, en una visión de gloria, en una desposada blanca y pura coronada de narcisos y de lirios a quien la divinidad espera para coronarla de estrellas...

¡Y entonces Psiquis tiende los brazos amantes a todas las criaturas humanas que la ayudaron así a embellecerse para llegar a ser una verdadera y eterna hija del cielo!

¡Cuando la voz sin ruido viene de lo alto y resuena aquí junto a mi corazón, me ha dicho que necesita el alma humana la convivencia entre los humanos; he comprendido todo esto, y he visto vivo como una hoguera ardiendo en rojas llamaradas el ardiente crisol que consumía todo cuanto afea a Psiquis, que destinada fue a tornar un día a aquel del cual salió siendo chispa y debe volver convertida en una estrella!...

Iniciación moisaica[editar]

Tal fue la Iniciación Mosaica en las confidencias del desierto, en las grutas de altas montañas, donde sus amigos y discípulos anacoretas, misioneros, hierofantes y maestros, buscaban la luz del hombre genial que llegado a la austera ancianidad, ensayaba la forma de amar a las criaturas humanas que tanto le habían hecho padecer.

(...)

Se especializó la Iniciación Mosaica en las pruebas de orden moral y espiritual, atenuando y aún suprimiendo las pruebas de orden material o físico, acostumbradas en las antiguas Iniciaciones de los Templos Egipcios, la Iniciación Mosaica estaba perfectamente a tono con la Ley del Sinaí, o sea “hacer con nuestros semejantes tal como queremos que se haga con nosotros”.

Era pues la cumbre de la vida perfecta. Y estos fueron después los misioneros de Buda tan perseguidos por los puritanos brahmanes. Y estos fueron siglos más tarde los Esenios que prepararon en sus ignoradas grutas, la humanidad que había de comprender y amar al Lirio de Jericó de Nazareth cuya vida sin extraordinarias asperezas, fue la vida más pura y excelsa vivida por un hombre de carne.

Capítulo Llave de Oro[editar]

Mensaje del Cristo:

Vuestra vida no puede ser la de un anacoreta en el desierto, ni la que corre con desmedido afán detrás de los negocios que la absorben en absoluto.

(...)

¡Amados míos! Vida activa y vida contemplativa fue mi vida y la de todos los que, en mi nombre, diseñaron los caminos al espíritu que busca en la Tierra el conocimiento de Dios.

El amor, la oración y el silencio son las suaves corrientes que llevan al alma a esa vida múltiple de actividad interior y exterior.

(...)