El caso de Amram

De Obra FCU
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(MS, EN EL LAGO MERIK)

Amonthep llamó al entristecido Amram que ya preparaba su equipaje para huir de Thimetis, e ir con su Anciano padre a refugiarse en la pobre cabaña de rocas, allá en el Valle de las Pirámides y de las Tumbas Reales.

– ¿Qué haces, Amram? –preguntó el sacerdote.

–Deshago la imprudencia que cometí. ¡Qué loca osadía, señor, la de unir mi pobre vida a la ilustre hija del Faraón, Rey de Reyes! “¡Estuve loco!... ¡Estuve loco!...”

El buen Anciano le quitó de las manos los cordeles con que ajustaba paquetes y líos, anuncio de una partida definitiva y absoluta.

– ¡Es ahora cuando obras como un desequilibrado mental, te lo aseguro, infeliz muchacho! –díjole el Anciano–.

¿Crees acaso que puedes cambiar a tu antojo los designios del Eterno Infinito, ya le llames Jehová según tu credo, o Atmán, Osiris, Amón-Ra, Agnis, Zeus según el sentir de otros buscadores de la Verdad? ¡Cuán equivocado estás, hijo mío!...

¡Cuán engañado vas!

–Pero entonces..., ¿qué he de hacer? ¿Cómo escapar de este espantoso engranaje de ruedas de molino que me está moliendo el corazón como un grano de trigo? –gritó con indecible desesperación el joven levita, que en verdad veía cerrado todos los caminos.

– ¡Tu puesto está aquí y nada más que aquí! –dijo con firmeza Amonthep–. ¿No estás en casa de la esposa que aceptaste? ¿No bendijo vuestra unión tu padre, con toda la autoridad que le acuerdan las leyes de los países civilizados?

“¿No la amas acaso? ¿No te ama ella que saltando el abismo social que la separa de ti, estrechó tu mano de compañero y esposo para toda la vida?

“¿Es así como cumples, hombre de la estirpe de Abraham, los compromisos de honor que contraes voluntariamente?

Y si amas a otra mujer más que a la tuya, ¡arráncate ese corazón de adúltero porque más te vale vivir sin corazón que llevar en tu pecho una sierpe en vez de corazón!...

Amram, anonadado por la formidable irradiación de enojo que emanaba como cien flechas de fuego del Anciano sacerdote, sintió que el pavimento se hundía bajo sus pies. Un vértigo de locura y de espanto le sumió en densa oscuridad y cayó como una masa inerte a los pies de Amonthep, que no tuvo tiempo de recogerle en los brazos.

El viejo sacerdote del Templo de Menfis, había comprendido que una perversa inteligencia destructora de las obras de Dios dominaba al joven levita, y luchaba con rabiosa ferocidad para desviarlo de su camino marcado de tiempo lejano por la Ley, y con su libre voluntad y consentimiento. Comprendió, asimismo, el Anciano, que sólo provocando una fuerte reacción en él, podía aún librarlo de la poderosa fuerza negativa que le tenía aherrojado.

Y con dolor de su viejo corazón que mucho le amaba, le habló de tan dura manera. Se precipitó sobre el cuerpo exánime y bañó su rostro inanimado de llanto.

– ¡Pobrecillo! –exclamaba llorando el dolorido Anciano–. ¿Por qué tu ceguera espiritual me ha forzado a azotarte con un látigo, cuando tenía miel en mis labios y bálsamo de piedad en el corazón?...