El apostolado de escribir

De Obra FCU
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Hilarión[editar]

(LO, LOS MÚLTIPLES CAMINOS DE DIOS)

La comunión íntima con la Divinidad es otra forma de manifestar el amor fraterno.

Dedicar toda una vida a escribir obras que satisfagan esos anhelos de las almas que buscan la Divinidad, que buscan la verdad pasada, presente y futura: almas que ansían saber cómo fueron los orígenes de la evolución humana, cómo comenzó la vida terrestre en el planeta Tierra, cómo se inició esta humanidad, almas que quieren saber cómo es y fue la vida del Cristo en los comienzos de su evolución en otros planetas más adelantados que la Tierra.

En fin, vosotros no sé si alcanzaréis a comprender las ansias supremas de las almas que no buscan soluciones materiales porque las tienen todas, no necesitan de techo, no necesitan de pan, ni de abrigo, ni de alimentos porque todo lo han recibido como dones de Dios pero necesitan sí de alimento espiritual,

  • sea como conocimiento científico,
  • o bien como conocimientos de orden moral y espiritual,

ya sean, en fin, consuelos espirituales para sus desolaciones internas, inmensas, que no conocen palabras.

Pues bien, también esas almas mendigas de amor, mendigas de luz, de sabiduría, de conocimiento, necesitan del amor fraterno. El Cristo y sus mensajeros tienen que responder también a esas necesidades.

Es otro camino que abre la Ley Divina para las almas que, por distintas circunstancias especiales de la vida, ya no pueden dedicarse a las satisfacciones materiales de las necesidades de la vida,

  • ya sea por falta de fuerza física,
  • o por cargas de años que le pesan encima
  • o simplemente porque es la senda espiritual que les abre la Ley Divina

de prestarse como instrumento para recibir, captar las ondas de los planos espirituales que quieren vaciar sobre la tierra las bondades divinas, para satisfacer las necesidades de las almas que buscan en la divinidad, en la plenitud de la divinidad, las bellezas, las satisfacciones y los conocimientos que no han podido encontrar en ningún lugar.

(...)

Los que os sentís llamados a escribir libros científicos o artísticos o artículos para iluminar las conciencias y las almas respecto de determinados puntos aún oscuros para la humanidad, hacedlo; también estáis dentro de la Ley del amor fraterno, dentro del corazón del Cristo que ha dictado en la personalidad de Antulio obras científicas, como lo hace con nuestro gran hermano Pietro Ubaldi

(...)

Pues bien, es otro camino de la Ley Divina que está dentro del amor fraterno y dentro del corazón del Cristo, porque no solamente las necesidades materiales deben ser remediadas con el amor de los unos para los otros, sino también las necesidades del espíritu. ¿Vosotros habéis pensado que la mayor parte de los suicidas que han cometido el tremendo desacierto de cortar su vida lo han hecho por esa falta de iluminación interior, por ausencia de una voz que les hiciera comprender qué es la vida espiritual, qué es la verdad de Dios y cómo deben entenderse las cosas espirituales elevadas? Muchos lo quisieran.

Juan[editar]

(CL, EL HUERTO DE JUAN FLORECE)

En su estada junto al Apóstol Zebeo en Alejandría, Juan había sacado copias de algunos escritos del Príncipe Melchor y del Maestro Filón. Entre ellos estaban los trabajos espirituales realizados por aquella reunión de Maestros en el Santuario del Monte Hor.

Uno de aquellos escritos se titulaba:

  • “Las seis verdades”.
  • El otro manuscrito era: “Las siete virtudes de la vida perfecta”.

Y el buen Príncipe Melchor, añadía al pie de estos títulos.

“Desarrollar estos temas ante mis discípulos del Monte Hor, según la idea divina de Yhasua el Cristo, Maestro de la humanidad”.

Y en todas las meditaciones al Apóstol Juan le perseguía la idea de hacer ese trabajo que Melchor de Horeb hizo verbalmente en las cátedras espirituales para sus alumnos.

Temo no ser capaz –pensaba Juan al terminar los soliloquios profundos de su espíritu. Y así los días pasaban. Hasta que una noche estando solo en el Cenáculo de Nazareth, tuvo una sugestiva visión:

"Vio rodar el mundo, la Tierra, en un inconmensurable abismo azul. De pie sobre ella un magnífico señor que entregaba bolsillos con monedas de oro (...)"

Y Juan se entregó a escribir incansablemente como si de cada palabra escrita debiera prenderse un alma salvada para su Maestro que las tenía a todas grabadas en su Corazón.

Marcos[editar]

(CL, LA GRUTA DE LOS RECUERDOS)

—¡María!, hija mía: ¿No oíste repetir las palabras de nuestro Señor y Maestro cuando nos decía:

“El que quiera venir en pos de mí cargue valientemente su cruz y sígame”?

Nuestra cruz, María, es vivir en este mundo sin Él. Es vivir de esta vida, que la ignorancia y la maldad humana convierte en un suplicio para los que hemos estado con Él, y hemos comprendido la grandeza de los misterios y de las leyes de Dios.

Sobre aquel peñasco que besaban las mansas olas del mar, se sentaron los tres enamorados del Cristo [Marcos, María de Mágdalo y Pedro], sintiendo que la llama viva de los recuerdos les llenaba el alma de tristeza..., la tristeza infinita de la ausencia del ser amado sobre todas las cosas de la tierra.

¡Qué divina evocación en el silencio de aquella hora postrera de la tarde a la orilla misma del mar, mientras los últimos resplandores del ocaso teñían de rosa y oro las olas!

—María –le dijo Marcos viendo que continuaba llorando angustiosamente–.

Nuestro dolor es uno solo, aumentado el mío con la partida de Ana que era la mitad de mi mismo. En mis conversaciones íntimas con nuestro adorable Yhasua, le oí decir alguna vez que: “el amor, cuando es más fuerte que la muerte, tiene recursos supremos para el alma que le alimenta, y le hace florecer en ideas, en obras, en pensamientos grandiosos y sublimes capaces por sí solos de dar orientación y luz a innumerables almas”.

“Pienso que es llegado el momento para nosotros de probar al Divino Amigo que nuestro amor a Él es más fuerte que la muerte. Escribe María, escribe esos mensajes de amor que Él te da en la intimidad de tu corazón, y que no sean para ti sola sino para todos los que le buscan y le aman. Llena con ellos tu vida que encuentras estéril y vacía, y tendrás valor para vivirla.

“¿Crees acaso que no ha sido el dolor intenso de su ausencia el que me ha llevado a escribir todos estos pergaminos, cuya lectura nos hace llorar? [se refiere al evangelio de Marcos] Por fin la dolorida mujer pudo hablar:

Únicamente en griego puedo escribir bien y debido a eso, sólo para mi misma escribo lo que Él me dice, y lo que yo pienso en la soledad dolorosa de su ausencia.

—Si tú quieres y tienes confianza en mí, yo seré tu traductor. Y aquí, en presencia de nuestro Hermano mayor Pedro, te prometo absoluta discreción y fidelidad en el cumplimiento de ese deber. María miró a Pedro en una muda interrogación.

—Sí, hija mía –le dijo éste–. El consejo que te da Marcos está dentro de la consigna que el Señor nos dejó:

“No haya entre vosotros el egoísmo de lo tuyo y lo mío. Todo sea de todos los que siguen mi ley. Y en el amor que os tengáis unos a otros, conocerá el mundo que sois mis amigos”.

Y María entregó a Marcos su cartapacio de Escrituras, en las cuales podía seguirse paso a paso la evolución de aquel espíritu a impulsos de su amor al Cristo.

Nicodemus y José de Arimathea[editar]

(CL, LA GRUTA DE LOS RECUERDOS)

Allí resolvieron también sus problemas de familia, José de Arimathea y Nicodemus. La forma en que el mundo de su tiempo recibiría los ideales a que había dado vida la palabra vibrante y la acción bienhechora de Cristo, era asunto que les preocupaba intensamenteTexto en negrita.

Fruto de estas cavilaciones idealistas fueron las escrituras que nos legaron esos dos consecuentes enamorados del Cristo y de su doctrina de fraternidad humana.

  • José de Arimathea escribió un minucioso comentario sobre las amplias orientaciones que Él había esbozado en sus discursos y conversaciones íntimas, sus predicciones para un futuro cercano y para el lejano porvenir.
  • Nicodemus formó su libro con los comentarios a las Siete Cuestiones, sobre las que versó el examen previo a la Consagración como Maestro de Divina Sabiduría del joven estudiante Yhasua de Nazareth, en el Gran Santuario de Moab. (...) A sus años que ya le pesaban, hizo un largo viaje hasta las alturas de Moab, donde permaneció más de dos años copiando los relatos, que sobre las Siete cuestiones fundamentales tratadas por el Maestro, conservaban fielmente los Ancianos.