Documentos en el Monte Hermón

De Obra FCU
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Documentos encontrados en las ruinas de Caldea, escritas en placas de barro cocido.

(AE, EN EL MONTE HERMÓN)

[Realiza una copia de estos manuscritos Yhasua]

[Relato sobre la Atlántida]

“Eran cinco ciudades blancas en el valle de Shidin, que parecían garzas dormidas al sol: Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Bela. “Cuatro reyes se unieron para subyugarlas: Anraphel, Arioch, Chedorlaomer y Tidal. “Durante veinte años tiranizaron a sus pueblos, ultrajaron sus mujeres, degollaron a los hombres que no se sometieron, enterraron vivos a los ancianos y enfermos inútiles para el trabajo. Los hombres hábiles fueron escapando en grupos de veinte y de treinta. “Y cuando los veinte años de esclavitud y de oprobio se cumplían, los que estaban ya a salvo dijeron: –He aquí que en nuestras ciudades sólo quedan nuestros muertos que no podemos cargar sobre la espalda. Que ellos pidan justicia a Jehová para nosotros”. “Y se dispersaron por los campos y pueblos lejanos a ganarse el pan con el sudor de la frente. “Una de las fuentes de riqueza de aquellas populosas ciudades eran las minas de carbón, de betún y de azufre, y un día elegido por Jehová para hacer justicia, las almas de los degollados, enterrados y quemados en las cinco ciudades del valle Shidin, se presentaron a los invasores como un viento de fuego que hizo explotar las minas, y en sólo catorce días todo quedó reducido a un negro lago de betún, que continuó ardiendo por cuatro lunas consecutivas. “El florido valle de Shidin, es y será por los siglos el lago de la muerte. Los muertos fueron antorchas incendiarias de la justicia de Jehová. Los muertos mandan sobre los vivos”. El segundo relato decía: “Allá, en época muy remota, cuando la Virgen Blanca de los cielos (la estrella Vhega) era la estrella polar de la tierra, un poderoso rey quiso limpiar sus ciudades de contrahechos, ciegos, paralíticos y enfermos de toda especie, con el fin de perfeccionar la raza, y sus guerreros corrieron a azotes como a manadas de perros sarnosos, a todos los que estaban en tales condiciones en sus vastos dominios. Los empujaron hacia el profundo barranco de Ghor, para que los devorasen las fieras o perecieran de hambre, pues sólo crecían allí zarzales espinosos y no había ni un solo pozo de agua. “Más de la mitad pereció de hambre y de sed a los pocos días, otros muchos fueron devorados por las fieras, y los pocos que sobrevivieron querían huir hacia otras regiones en busca de agua y frutas silvestres, lloraban amargamente por dejar allí abandonados los huesos de sus muertos. “Pero las almas errantes les aparecían en el sueño y les decían: “Esperad un día más que el Dios de los vivos y muertos está pronto a haceros justicia. Haremos brotar el agua del Monte Cabeza Blanca”. Era el Monte Hermón, cuya cima nevada se asemeja a una gran cabeza con cabellera cana. Los pocos sobrevivientes treparon por gargantas y desfiladeros, y bajo un ardiente sol de medio día, vieron que la montaña crujía como si fuera a derrumbarse, hasta que se abrió una grieta negruzca y profunda y comenzó a brotar un delgado hilo de agua. “Nuestros muertos nos dan el agua para nuestra vida. Nuestros muertos viven y son ángeles protectores de los que hemos quedado aún vivos sobre la tierra. “Los muertos mandan sobre las fuerzas vivas de la naturaleza, porque el Dios de vivos y muertos les quiere unidos y solidarios a los vestidos de barro y a los vestidos de luz”. “Y el profundo barranco de Ghor se convirtió en el delicioso valle regado por el río Jordán, que fertilizó la tierra dada por Jehová a la numerosa descendencia del Patriarca Abraham”. El tercer relato era como sigue: “En una edad muy remota que no podemos precisar, el azulado firmamento se abrió como en rojizas llamaradas de fuego y produciendo ruidos y temblores espantosos, hasta que cayó una enorme masa de rocas, guijarros y arena sobre una populosa ciudad de un hermoso país de la Atlántida, cuando las grandes inundaciones del mar que la tragaron, habían ya comenzado su obra de destrucción que duró muchos años. “La masa planetaria, que de algún globo en disgregación se precipitó sobre la superficie terrestre era tan grande, como el área de la ciudad que se hundió a muchos codos, arrastrada por el tremendo aerolito. Sólo se salvaron de la catástrofe, los pastores que guardaban los ganados lejos de la ciudad y los leñadores que se encontraban en el bosque. “A su regreso encontraron en el sitio que había ocupado la ciudad, algo que les pareció un trozo de montaña aunque de una especie de piedra desconocida en el lugar. “La ignorancia, tiende siempre a buscar en lo maravilloso la solución de todos los fenómenos que no alcanza a comprender. Y enseguida se pensó en la cólera de los dioses que habían aplastado la gran ciudad con una piedra, como aplasta un chicuelo un lagarto indefenso. “El insólito acontecimiento fue conocido en otros países vecinos, y hombres doctos acudieron a ver de cerca los vestigios de la catástrofe. “Comprendieron que se trataba de una enorme masa planetaria, de una piedra hermosísima equivalente y aún superior a los mejores mármoles. Era de un rojo casi púrpura con vetas verdosas, azuladas, amarillentas. “Esto es pórfido... puro pórfido, dijeron los técnicos, y hay aquí para edificar palacios y templos de una suntuosidad nunca vista. “Los magnates de las ciudades vecinas, llevaron cuadrillas de esclavos a sacar piedra de aquella cantera venida a través del azulado firmamento, quien sabe de qué mundo lejano e ignorado de la humanidad terrestre. “Pronto comenzó la lucha a muerte entre los ambiciosos explotadores de la cantera maravillosa, y los infelices esclavos morían a centenares con los cráneos o las espaldas partidas a golpes de pico y de azada de los obreros de una cuadrilla contra los de las otras. “Y la sangre de aquellos mártires del trabajo, se confundía con el rojo brillante de la piedra tan codiciada. “Pasaron cinco, diez, quince años, y los muertos en el hundimiento de la gran ciudad aplastada por el aerolito, se habían despertado ya de la turbación natural de una muerte súbita y trágica. Reconocían haber merecido tan horrorosa muerte porque la mayor parte de ellos habían hecho con sus esclavos y servidores, lo que estaban haciendo los explotadores de la montaña trágica. “Y esos muertos comenzaron a hacerse visibles para decirles: –Huid todos de aquí, que esta es nuestra ciudad desaparecida y no consentiremos que se alimente la soberbia de los tiranos, construyéndose palacios de la roja piedra que nos privó de la vida. “¡Huid!..., ¡huid de aquí, que esta roca bermeja es nuestro panteón sepulcral! “Claro está que en toda la comarca no se encontró quiénes se prestaran a trabajar en la misteriosa montaña, dominio de los muertos. Si algún porfiado y testarudo amo quería forzar a sus esclavos, látigo en mano a trabajar en aquella cantera, los fantasmas materializados le arrancaban el látigo y la emprendían a azotes con el audaz que se atrevía a desmandar su mandato. “Un gran profeta que amaba a los pequeños desvalidos, acertó a pasar un día por aquel trágico sitio, terror de la comarca. Lo vieron acercarse sin miedo a la montaña color de sangre, subir y bajar por sus flancos y cortantes laderas. Lo vieron pensativo sentado sobre un amontonamiento de bloques, que los fantasmas no habían permitido arrastrar fuera de allí. Después le vieron hablar en las plazas y calles de los pueblos vecinos del poder que el Altísimo da muchas veces a los muertos, para que enseñen el bien y la justicia a los vivos. “Obtuvo de algunos príncipes y caudillos aterrados por los sucesos ocurridos, los medios necesarios para construir en la cumbre de la montaña roja, un refugio para madres desvalidas y niños nacidos en la miseria, o destinados a muerte por contrahechos o enfermos. “Esto fue del agrado de los muertos que defendían la montaña; y la Casa-cuna, asilo de madres, fue rápidamente levantada sin que los obreros sufrieran molestia alguna. “Esto permite suponer que los muertos en la catástrofe, tomaron la materia para realizar una nueva vida en aquel mismo refugio de madres y de huérfanos, allí donde una terrible experiencia les había enseñado que la maldad jamás conduce a la dicha, y que la Justicia Divina vence siempre a la soberbia de los hombres. “Aquel Profeta se llamaba Antulio, y tres años después moría envenenado por los sacerdotes y reyes, que veían en su enseñanza a los pueblos un peligro para su dominación. “Pocos años después, las bravías aguas del océano desbordaban sobre aquella parte del continente, inundándolo todo. Sólo quedó como un islote color sangre, la montaña rojiza con la Casa-cuna y refugio de madres, cuyo basamento lamían mansamente las olas del mar. Los refugiados se negaron a abandonar su nido de águila, de donde salían en pequeñas barcas los discípulos del Profeta, que cuidaron de sus vidas en memoria del gran muerto que contenía las furias del mar a los pies de la montaña salvadora. Los muertos viven y mandan en nombre de Dios, sobre los vivos de la Tierra”.