Crónicas de la península Indostánica

De Obra FCU
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Primera parte[editar]

(AE, EL ARCHIVO DE RIBLA)

Introducción[editar]

“En la inmensidad donde giran estrellas y soles, resonó la voz eterna repetida por los ecos y marcó la hora inmortal. La Legión protectora de la sexta Jornada Mesiánica en globos gemelos del Planeta Tierra, entró en actividad, y elevadas Inteligencias penetraron en la atmósfera astral de los planos físicos, para anunciar el gran acontecimiento a los encarnados que habían de antemano aceptado el encargo de ser instrumentos del designio divino en el plano que ocupaban.

“Una elevada Inteligencia, un arcángel, fue el heraldo elegido para buscar aquellos instrumentos perdidos en las selvas terrestres, y se le apareció en sueños a una mujer de vida pura cuyo nombre era Sakmy, desposada recientemente con el doncel Baya-Dana, ambos pertenecientes a la numerosa parentela del joven Rey de Madura, país del Sur indostánico sobre el mar. Vedo-Van-Ugrasena era un rey justo y piadoso con su pueblo, que le amaba y reverenciaba por su gran misericordia.

“La hermosa visión anunció a la joven esposa Sakmy, que la hora era llegada de que un rayo de Luz Eterna bajase a la tierra, y que ella sería madre de la elegida por los Genios Tutelares de la Tierra, para vaso purísimo que encerrara al Divino elixir de vida para la humanidad, enferma de muerte por sus propias miserias.

“Y cuando fue el tiempo, les nació la hermosa niña a quien llamaron Devanaguy y en cuya crianza y educación pusieron sus padres un esmero muy superior a lo habitual, ya que conocían los elevados designios divinos sobre aquella criatura.

“Cuando esta llegó a la pubertad, fue tomada como esposa por Vasuveda, gentil y noble mancebo, hijo segundo del buen rey Ugrasena, que al poco tiempo fue desposeído de su reino por su hijo mayor Kansas, erigido en caudillo de los poderosos descontentos por la misericordia de Ugrasena para con el pueblo.

“El buen rey había sido encerrado en una Torre, y sus fieles servidores y amigos, reducidos a esclavitud, habían perdido toda esperanza de salvarle. Lloraba el triste rey su obscura suerte de caer en prisión, cuando apenas se había extinguido el eco de los himnos nupciales del desposorio de su hijo Vasuveda con la niña elegida por los dioses para que “Vishnú” encarnase en ella, y hecho hombre salvara a la humanidad de la muerte que le amenazaba.

“Devanaguy, su joven nuera, inspirada por los Genios del bien y del amor, disfrazada de chicuelo vendedor de frutas azucaradas, logró introducirse con su venta en la Torre, presidio de su suegro, y cuando a través de los barrotes de su puerta pudo hablarle, se dio a conocer y le dijo que los Devas querían que viviese para ver la gloria de Vishnú que se acercaba. La adolescente esposa estaba ya encinta en la quinta luna, y mientras aparentaba ofrecer sus golosinas al cautivo le decía:

–Alégrate, Ugrasena, padre mío, porque “Vishnú” encarnado en mi seno, será tu salvador.

Los proscritos[editar]

“Mientras tanto Vasuveda su esposo, y segundo hijo del cautivo, hacía correr secretamente la gran noticia entre los que permanecían adictos a su padre, que en su mayoría se hallaban en la dura condición de siervos desposeídos de todos sus bienes.

“Desde aquel momento se formó una numerosa alianza entre los desposeídos y esclavizados, para prepararse a la llegada del Libertador. Con la mezquina concepción de la vida y del bien que tuvo siempre la humanidad, la mayoría de estos desposeídos y esclavizados esperaban un Vishnú salvador de su penosa situación, y no al Rayo de Luz Divina que venía para toda la humanidad.

“Mas, la Eterna Sabiduría, que aún de las ignorancias humanas extrae el bien para sus criaturas, de este gran entusiasmo popular extrajo la divulgación del sentimiento de justicia y protección divinas, para quienes la merecen con su buen obrar.

Los anacoretas hindúes[editar]

“Los sucesores de aquellos Flámenes originarios de Lemuria, vivían como anacoretas en los bosques y grutas que llamaron sagrados con el tiempo, por las maravillosas manifestaciones del poder divino que en ellos se obraba, debido, según el vulgo, a la vida penitente y de oración continua que los solitarios hacían.

“¿A quiénes, pues, habían de acercarse los desposeídos y esclavizados, sino a estos pobres solitarios que se contentaban con los frutos que les daba la tierra para sostener sus vidas?

“De aquí vino que el pueblo empobrecido y tiranizado por Kansas y sus partidarios, formó unión con los anacoretas hindúes, conservadores de las doctrinas de los Flámenes, aunque ya algo transformadas y desfiguradas por la acción devastadora de los siglos y de la incomprensión humana.

“Los solitarios, cuya vida de alta contemplación y estudio de las Leyes Divinas, les ponía en condiciones de seguir la luminosa estela de la Divina Voluntad con relación al planeta Tierra, sabían que el tiempo de la llegada de la Luz Divina había sonado ya en los arcanos eternos, y esperaban de un día al otro el gran acontecimiento.

Las profecías[editar]

“Sus antiguas profecías decían bien a las claras:

“Cuando hayan pasado cuarenta centurias desde que el sol se durmió en las riberas del Éufrates, el sol nuevo se levantará al sur del Indostán junto al mar. Su llegada será anunciada por el hecho insólito de un hijo en rebelión contra su padre-rey, al cual encadenará en un calabozo”.

“Para los contemplativos anacoretas hindúes, el sol dormido a orillas del Éufrates, era Abel. Las cuarenta centurias habían ya pasado, y al sur del Indostán, junto al mar, en la gran capital de entonces, Madura, un hijo, Kansas, se había rebelado contra su padre Ugrasena, y le había puesto en calabozo. Era pues allí y en esos momentos, en que debía aparecer el nuevo sol de justicia.

“Otro anuncio profético que contaba varios siglos de existencia, y que había cantado un bardo sagrado en las selvas Indostánicas decía:

“Cuando los grandes ríos del oriente bajen sus aguas hasta entregar a los hombres las arenas de su cauce para amurallar ciudades, y suban luego hasta que los monstruos del mar crucen por encima de sus techumbres, alegraos corazones que latís, porque siete lunas pasadas, aparecerá un lucero nuevo en el horizonte, a cuyo influjo irresistible y suave todo pájaro cantará en su nido”.

“Este hecho relacionado desde luego con movimientos y evoluciones astrales, había ya tenido lugar y estaba terminando la séptima luna de la profecía.

“Y los contemplativos solitarios de las grandes montañas y selvas de la India, alentaban a la inmensa turba de los desposeídos y esclavizados, con la divina esperanza de un ungido del Amor que se apiadaría de ellos.

La milicia del Cristo[editar]

“Y de las inmensas cavernas del Himalaya y de los Montes Suleimán, bajaban de dos en dos y en interminable caravana, hacia el sur del Indostán. Las grutas de la cordillera Windyha junto al caudaloso Nerbhuda que desemboca en el Golfo de Cambayha, dieron asilo a aquellos infatigables visionarios que extraían de los abismos estelares y del fondo de las aguas, los indicios anunciadores de que un rayo de la Luz Increada iba a iluminar la Tierra.

“La Energía Eterna, fuerza impulsora que es vendaval que arrastra y relámpago que ilumina las tinieblas, les hizo encontrarse sin buscarlo y sin pensarlo, con los últimos vestigios de una ya desaparecida civilización que en el ostracismo de las cavernas vivían también esperando.

“Y los solitarios indostánicos, cenizas vivas de los muertos Flámenes Lemures, se encontraron en la legendaria Bombay con las últimas lucecillas que dejara en pos de sí el sol dormido en las orillas del Éufrates y en los Valles del Nilo, según la antigua profecía. Se encontraron, se reconocieron, y como todos buscaban la luz de un nuevo amanecer, se refundieron en un abrazo que permaneció anudado durante largas edades.

“Y por esas maravillosas combinaciones que solo teje y desteje la Ley Divina, se encontraron unidos al Sur Oeste de la península Indostánica,

  • los Dakthylos de Antulio con su clara sabiduría extraída de los abismos estelares;
  • con los Kobdas azulados de Abel, con su ciencia arrancada del estudio del humano corazón ávido de amor y de paz;
  • y los Flámenes Lemures de Numú, cuya llama viva sabía el secreto de transformar la bestia humana harta de carne y sangre, en buscadores de una estrella nueva que debía aparecer en el horizonte terrestre.

Nacimiento de Krishna[editar]

“Y apareció el niño Krishna hijo de Vasuveda, hijo segundo del rey de Madura Ugrasena, y de Devanaguy, hija primogénita de Baya-Dana y de Sakmy la sensitiva, que recibió la primera visión precursora del acercamiento divino.

“Mas, como las sagradas profecías eran también conocidas de las inteligencias tenebrosas que persiguen a la luz, un mago negro hizo llegar a Kansas, el hijo usurpador y rebelde, el anuncio que nacería un niño de Devanaguy, mujer de su hermano Vasuveda, que sería como un rayo de la Justicia Eterna, y mandó a sus esclavos para que la raptaran del hogar y la encerrasen en una dependencia de la misma Torre en que tenía secuestrado a su padre.

“Y aunque los hijos de las tinieblas apagan toda luz, los hijos de la claridad la encienden hasta en las piedras de los caminos. Y fue así, que los que conocían el gran secreto se valieron de ingeniosos ardides para rondar alrededor de aquella Torre, y ocupar en ella puestos ínfimos de limpiadores de acueductos y de fosos, de leñadores y de picapedreros, con el fin de evitar que el niño que iba a nacer fuera asesinado, tal como Kansas el usurpador había mandado.

“Las tinieblas de su propia maldad cegaron a los que buscaban apagar la Luz Divina que venía a la tierra; mediante un túnel abierto secretamente desde la Torre-presidio a la orilla del mar, Devanaguy fue sacada antes de ser madre y sustituida por una joven que había muerto al dar a luz su hijo.

“El guardián, Donduri, discípulo de los solitarios y adicto al rey encarcelado, estaba en el secreto del cambio, y se limitó a dar parte a Kansas el traidor, que la cautiva había perecido al dar a luz sin socorro alguno.

“El malvado usurpador hizo grandes fiestas celebrando su triunfo y el de sus magos sobre los hijos de la luz, y durante el mismo año fue libertado el rey justo, por los mismos medios, quedando en su lugar uno de los solitarios que se le parecía y que se brindó al sacrificio a fin de que Ugrasena quedara en libertad para organizar con Vasuveda y su pueblo fiel, la liberación de Madura.

Krishna, que significa: “secreto guardado en sombras”, fue encargado a un pastor llamado Nanda que vivía a orillas del Nerbhuda, al pie de los Montes Windyha, donde los solitarios tenían el más antiguo y numeroso Refugio-Santuario hábilmente oculto en las cavernas y entre los bosques más impenetrables”.

Segunda parte[editar]

(AE, EL SACRIFICIO DE KIRSHNA)

“El pastor Nanda, ya de edad madura, vivía solo en su cabaña donde fue oculta Devanaguy con su pequeño Krishna, alrededor del cual se percibieron grandes manifestaciones del Poder Divino que residía en él.

La Sierpe Roja[editar]

“Entre las selvas impenetrables del Indostán, existían en distintos parajes algunas ramificaciones de la formidable Escuela de Magia Negra llamada Serpiente Roja, cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos, pues había venido desde la desaparecida Lemuria, y continuaban sembrando destrucción y muerte allí donde lograban poner sus fatales anillos.

“Cada anillo de la terrible serpiente, era un núcleo de cuatro magos que siempre encontraban el medio de aliarse con los piratas, con los mercaderes de esclavos, con los usureros y las prostitutas. De todo este bajo y ruin elemento humano, pestilencia dañina en medio de la sociedad, la Serpiente Roja tomaba sus agentes y espías para introducirse en las casas más poderosas, en las residencias de los Maharajás y dominar el Continente Asiático, como había dominado a Lemuria hasta producirse su desquicio y su ruina total.

“Debido a sus criminales prácticas y manejos, Kansas, el mal hijo, se había rebelado contra su padre hasta llegar a ponerle encadenado en un calabozo. Desde luego se comprenderá que la Serpiente Roja era quien gobernaba en todo el sur del Indostán, en rededor de Madura, su capital. Y no tardó en enterarse de que había sido puesto a salvo el poderoso ser venido a la tierra para destruir definitivamente su fuerza. Y desataron como manadas de lobos hambrientos sus más perversos agentes para encontrar al futuro vencedor de la Serpiente Roja.

“Más que en el plano físico, fue tremenda la lucha en la esfera astral del planeta, donde la numerosa Legión de Espíritus de Justicia se puso en acción, cortando las comunicaciones entre los genios tenebrosos descarnados con los encarnados de la maligna institución.

“Debido a esto, los componentes de la Serpiente Roja se vieron desorientados, corriendo como enloquecidos por entre selvas y montañas sin poder dar con el paradero del niño Krishna, ni de sus padres, ni de su abuelo el rey Ugrasena.

“Los solitarios de los Montes Suleimán, les tenían ocultos en su ciudad de cavernas y grutas inaccesibles para los profanos. Y habiendo entre ellos muchos clarividentes y auditivos, conocían a fondo los caminos oscuros y tortuosos por donde se arrastraba la Serpiente Roja, en busca de inocentes presas para devorar.

“Las grandes cavernas de los Montes Suleimán resultaban ya estrechas para dar refugio a los perseguidos por los agentes de Kansas el usurpador. La montaña se fue horadando más y más durante las noches, abriendo túneles, pasadizos y caminos, para que aquella enorme población, oculta bajo las rocas, pudiera salir de tanto en tanto a buscarse lo necesario para no perecer de hambre. Los solitarios mismos se vieron a veces entristecidos y desanimados casi al borde de la desesperación, cuando varios de ellos vieron en clarividencia al niño Krishna que sostenía el globo terrestre en su pequeña mano, y que tocaba con su dedo una montaña árida y reseca, y toda ella se convertía en una montaña de dorado trigo.

“En estas visiones espirituales, los solitarios Flámenes comprendieron el oculto aviso que desde el plano espiritual les daban, de que teniendo al Espíritu Luz en medio de ellos, no debían temer al horrendo fantasma del hambre para el numeroso pueblo que habían albergado en sus cavernas.

“Cuando más recias eran las persecuciones de los agentes de Kansas, que eran de la Serpiente Roja, algunos solitarios tuvieron otra visión simbólica que les aquietó el alma conturbada:

vieron al niño Krishna con una espada en la mano, cortando las cabezas a una enorme manada de panteras negras que avanzaba hacia ellos con las fauces abiertas para devorarles.

“La montaña de trigo dorado llegó desde el Golfo Pérsico en enormes barcazas salidas del Éufrates, enviadas por Nadir, rey de Urcaldia, cuyos dominios abarcaban los fértiles valles del Éufrates y el Tigris. Este buen rey estaba casado con una hermana de Ugrasena, y quiso socorrer al pueblo que seguía fiel a su rey, pues que los Flámenes que tenían Santuario en las cavernas de los Montes Kirthar, sobre el Mar de Arabia, le anunciaron las angustias que sufrían los refugiados en las cavernas.

Los Flámenes diseminados por valles, montañas y selvas iban llevando discretamente la doble noticia del advenimiento del Salvador y de los sufrimientos de los creyentes en él, que le esperaban. Y secretamente se fue formando una enorme coalición de esclavos, de perseguidos, de azotados por la injusticia de los prepotentes que habían llegado al latrocinio más voraz y criminal, hurtando hasta niños y niñas de corta edad, para ser vendidos como víctimas de dioses iracundos y coléricos que exigían una fe sellada con sangre de seres puros e inocentes.

“El criminal sacerdocio que oficiaba en los altares de tales dioses, pagaba oro en barras por las inocentes víctimas que aplacarían la cólera infernal de sus dioses, y las madres huían enloquecidas como ovejas perseguidas por lobos, a esconder en las madrigueras disputadas a las bestias, sus hijuelos, para salvarlos de la rapiña feroz y monstruosa de los mercaderes de sangre humana.

“La familia, base de toda sociedad bien constituida, estaba aniquilada y deshecha, pues la avaricia hizo presa en muchos padres que buscaban y se procuraban abundante prole, para venderla a quienes tan generosamente le pagaban.

Los Kobdas-Flamas[editar]

“En la isla de Bombay, llamada la isla misteriosa, se formó entonces una fuerte alianza espiritual entre los sucesores de los antiquísimos Kobdas de Abel, civilizadores de tres continentes, con los Flámenes, cuyo origen se remontaba a la desaparecida Lemuria. En una peregrinación de muchos milenios de años, habían ido pasando desde las grandes islas del Mar Índico, al montañoso Birmania y luego al Indostán.

“Mientras, los últimos Kobdas habían bajado desde el Éufrates por el Golfo Pérsico, hasta el caudaloso Indo al pie de los Montes Suleimán.

Un dibujo del siglo XIX de las torres del silencio de Bombay.

“Y ambas corrientes de bien, de justicia y de amor, se unieron en la misteriosa Bombay, donde dejaron como exponente milenario de aquella eterna alianza, cuarenta y nueve torres, número símbolo de 7 x 7, y cada torre era un templo de estudio, y concentración y cultivo de los poderes mentales y de las fuerzas superiores del espíritu.

“Rodeada de jardines y bosques, de corpulentos árboles, la isla de Bombay era inaccesible, pues distaba más de una milla dentro del mar y sólo en barquillas podía llegarse a aquel lugar de silencio y de misterio, donde, a decir del vulgo, habitaban las almas de los muertos. De allí les vino el ser llamadas Torres del Silencio, alrededor de las cuales, se tejieron innumerables leyendas terroríficas que los solitarios dejaron circular como medio de tener ellos mismos mayor seguridad.

“Las cuarenta y nueve torres estaban unidas por pasadizos interiores, sólo conocidos por los solitarios Ancianos, que tomaron el nombre compuesto de Kobdas-Flamas, que significaba

“Corona de llamas”, como una sutil remembranza del nombre Kobda, que significa “corona”, y Flama; “llama”, alusivo a los antiguos Flámenes. Cuando la persecución de Kansas y de los agentes de la Serpiente Roja fue más persistente y terrible, Krishna con sus familiares y adeptos, fue ocultado en las silenciosas Torres de la isla de Bombay, donde no había temor que se acercase hombre alguno por el terror pánico que aquel lugar inspiraba a todos.

“En aquellas cuarenta y nueve torres, para los sucesores de los kobdas, estaba representado como un sueño milenario el Gran Santuario de Neghadá junto al Nilo y sobre el Mar Grande (Mediterráneo); como las Torres de Bombay quedaban sobre el Mar de Arabia y a corta distancia de los corpulentos brazos del delta del gran río Nerbhuda, que fertiliza toda la comarca. Para los sucesores de los Flámenes, las cuarenta y nueve Torres de Bombay eran copia fiel de sus ciclópeas torres de Lina-PahKanh, labradas en las montañas inaccesibles de la costa Lemur, sobre el Pacífico Norte. Y los kobdas-flamas hacían revivir allí sus perdidos recuerdos a favor de los diseños, en piedra o en cobre que les habían dejado sus mayores en aquellas construcciones que parecían haber sido concebidas por superhombres y construidas por gigantes.

“Bajo aquellas formidables Torres, en aquella isla circundada por el mar, se desarrolló la infancia y adolescencia del futuro príncipe de la Paz y de la Justicia, salvador de una raza, de una dinastía en desgracia, para el vulgo inconciente de los valores espirituales que vienen desde lo Eterno, adheridos, por leyes que desconocen, a seres superiores que tomaron sobre sí la tremenda misión de salvar a la especie humana en un período de decadencia espiritual, moral y física que le lleva a una inevitable ruina.

“Por el gran desarrollo físico adquirido, Krishna a los quince años representaba un doncel de veinte, y su clara inteligencia podía parangonarse a la luz interna de sus viejos Maestros.

“Bajo las bóvedas vetustas de aquellas Torres silenciosas, oscurecidas por la acción de los siglos, se forjó la liberación de la especie humana, representada entonces en el vasto Decán (Indostán) donde la aglomeración de gentes de todas las razas dominadoras de la humanidad, hacía de aquella parte del globo terrestre, un mercado de todo cuanto podía utilizarse para el bien y la dicha de los hombres.

Y otra vez se repitió el hecho más grande de todos los tiempos: la aparición de la Luz Divina como un blanco loto, en medio del fango en que perecía la humanidad.

La muerte de Kansas[editar]

Los kobdas-flamas dejaron por un momento en los siglos, sus túnicas cenicientas para vestirse de cuero de búfalo y de cobre, con el carcaj, el arco y las flechas a la espalda, para organizar las filas libertadoras en torno de Krishna el Príncipe de la Justicia.

Kansas, el hijo traidor, cuando tuvo conocimiento que de las cavernas y de los bosques brotaban arqueros que se extendían como una ola por el Decán y avanzaban sobre Madura, huyó despavorido hacia la costa del mar, buscando su salvación en un barco velero anclado allí por los piratas que acechaban las ventas posibles de carne humana viva. Como le vieron cargado de oro y piedras preciosas que buscaba salvar, como medio de asegurar su vida, el jefe pirata le atravesó el pecho con su puñal y le arrojó medio muerto al mar donde fue devorado por los tiburones.

Ugrasena vuelve al trono[editar]

“El rey Ugrasena, entre el delirio de sus pueblos, fue restaurado en el trono de sus mayores y como la Justicia y la Paz se restablecieron prontamente, los solitarios kobdas-flamas tornaron a sus torres silenciosas, desde donde cooperaron con el Enviado a eliminar el mal; con que los magos negros de la Serpiente Roja habían envenenado las corrientes humanas, hasta el punto que los padres procreaban hijos para venderlos como carne de mercado a quien más oro les daba.

Vasuveda, padre de Krishna, había muerto durante la niñez de su hijo, por lo cual el Hombre-Luz permaneció al lado de su abuelo y de su madre, a fin de que el anciano rey fuese respetado en vista del sucesor legítimo que dejaba, con lo cual se impedía que se levantara de nuevo el afán de otra usurpación.

La noticia de la nueva legislación de justicia se extendió rápidamente por el Decán y países circunvecinos, que se apresuraron a enviar embajadas en busca de alianza y protección con aquel príncipe sabio y justo que daba a cada cual lo que era suyo, no reservándose para sí ni aun las horas del sueño necesarias a todo ser humano, pues que durante la noche y acompañado sólo de algún amigo o criado fiel, recorría sin ser notado los distintos barrios de la capital, para asegurarse de que las órdenes eran cumplidas.

“Y durante noventa lunas consecutivas viajó desde el Indo al Ganges, y desde los Himalayas hasta el Cabo Camorín que se hunde en el Mar Índico, anudando alianzas y despejando de tinieblas y de crimen aquel vasto país en el que había nacido y que fuera tomado como cueva infernal de la Serpiente Roja, con toda su corte de malhechores de la peor especie.

“La adhesión de los oprimidos y de los hambrientos, respondió con creces a todo cuanto Krishna hubiera podido imaginar, pero las clases pudientes miraban con desconfianza al joven innovador, que pedía libertad para los esclavos e igualdad para todos los seres humanos. Y se desencadenaron dos poderosas corrientes en formidable lucha: los oprimidos y los opresores”. En aquella parte del papiro que los esenios iban traduciendo, aparecía un grabado explicativo: se veían dos torrentes que se precipitaban uno contra otro con irresistible potencia, y en el lugar donde debía ser el choque, un doncel fornido con la cabellera suelta al viento y los brazos abiertos hacia ambas corrientes que se amansaban a sus pies y continuaban corriendo como arroyuelos de regadío. Significaba a Krishna, encarnación de Vishnú, pacificando a la humanidad. Y continuaron la lectura que seguía así:

—“Los anillos de la Serpiente Roja habían perturbado la fe sencilla de los pueblos, ignorantes en su gran mayoría, y habían propalado principios erróneos para inocular en las conciencias el virus del terror a la divinidad, como medio de sujetar a las masas al carro triunfal de su avaricia y feroz egoísmo.

  • Indra o sea el aire, tenía a su disposición el rayo, el vendaval que todo lo destruye.
  • Agni o sea el sol, era dueño del fuego, que pedía continuas víctimas consumidas en sus llamas para aplacar su cólera;

mientras Indra quería víctimas arrojadas desde los más altos montes, o colgadas de los árboles en cestas de flores, hasta que el hambre las consumía o los buitres les devoraban.

De aquí surgió el bárbaro comercio de niños y niñas menores de diez años.

“Y Krishna en sus largos y continuos viajes, no pedía a sus aliados y amigos otra contribución que la de destruir esa ignominiosa y criminal doctrina de Indra y de Agni, que ponía tan obscura venda en las inteligencias respecto de la Divinidad. Cuando el prudente príncipe entró a actuar en el escenario lóbrego y siniestro que dejamos esbozado, los indranitas y los agnianos luchaban a muerte unos contra otros, atribuyéndose cada bando el derecho de ser los depositarios de la verdad de Vishnú.

“Y Krishna apareció entre las tinieblas como un genio benéfico con su antorcha encendida, rasgando las sombras casi impenetrables de tanta ignorancia y fanatismo.

“—¿Qué hacéis?, –les preguntaba el Apóstol de la Verdad–. Ni Indra que es el aire, ni Agni que es el fuego, son nada más que simples manifestaciones del Poder Supremo, que sopla en el aire y calienta en el fuego. ¿Por qué, pues, lucháis locamente por lo que todos por igual necesitáis del Supremo Dador de cuanto es vida, fuerza y bienestar para el hombre? Inclinad vuestras frentes y prosternad vuestro corazón ante el Gran Atmán, autor de todo Bien que os ama a todos por igual, pues que todos sois sus hijos.

“Dejad vuestras flechas y vuestras hachas para las bestias feroces que consumen vuestro ganado, mientras vosotros perdéis el tiempo en mataros unos a otros. El gran Atmán está en su Eterno Amor en todas las cosas, y sobre todo dentro de vosotros mismos, y si Él fuera capaz de cólera, la tendría de ver que os matáis sin ningún respeto a la vida, que os la dio para amarle en todos vuestros semejantes y en todos los seres y las cosas; la tendría cuando vendéis vuestros hijos para ser asesinados sobre un altar donde habéis entronizado al crimen; la tendría cuando compráis y vendéis vuestros semejantes que llamáis esclavos y siervos, porque carecen del oro que habéis acumulado con la sangre, el sudor y la vida de cuantos infelices cayeron en vuestras garras de buitres sin alma”.

“Los pueblos se levantaban en torno de Krishna, en un despertar de júbilo y de gloria. Nadie podía contener las masas enardecidas de esperanza y de entusiasmo, enloquecidas de dicha ante la palabra de aquel príncipe de Madura, que les hablaba de amor y de libertad. “Y desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de China, y desde el Tíbet hasta Ceilán, estalló como un incendio incontenible un levantamiento general de los pueblos clamando por su libertad y por sus derechos de hombres.

“El viejo rey Ugrasena, estaba espantado de la ola formidable que su nieto había soltado a correr como un torrente que lo invadía todo. Los Kobda-Flamas repetían las palabras del Gran Apóstol, reprimiendo toda venganza, toda violencia, toda lucha armada. El arma era la palabra, el verbo de fuego de Krishna, que hablaba a los hombres de libertad, de amor, de justicia, de igualdad, pues todos eran hijos del gran Atmán, que encendía el sol para todos y enviaba las lluvias para todos.

“¿Qué haría el Príncipe con aquella enorme ola humana que lo esperaba todo de él? “Sus adversarios, que eran en general los acaudalados y los que se enriquecían con la esclavitud y la muerte de sus semejantes, decían alegremente:

“No haya inquietud entre nosotros, que cuando este temerario doncel, buscador de gloria y de fama, se vea como un ciervo acorralado por toda esa jauría de lobos hambrientos que le van a devorar, él mismo se dará por vencido, y comprenderá que es insensata locura pretender levantar a la altura de hombres, esas masas imbéciles, más que bestias que nos sirven para la carga. El Príncipe tenía sólo dieciocho años y representaba treinta, porque sentía profundamente la carga de la humanidad que pesaba sobre él.

“Bajo todos los bosques, a la vera de los ríos caudalosos, en los valles más pintorescos, ordenó a aquella masa humana echar abajo los árboles de las selvas y construir cabañas de troncos, de ramas, de pajas y de lodo, en toda la extensión de los dominios de Ugrasena, su abuelo. “Fue tal el humilde origen de casi todas las ciudades del sur del Indostán, que pocos años después, se convirtieron en florecientes poblaciones que resplandecían de paz, de justicia, de libertad y de trabajo.

“La figura de Krishna crecía día a día, hasta llegarse a dudar de si era un hombre de carne, sangre y huesos, o era un dios mitológico que realizaba por arte de magia tan estupendas obras. “Temían por momentos verle desaparecer en una nube que pasaba, en un soplo de viento que agitaba la selva, en el incendio púrpura del amanecer, o entre los resplandores de fuego del ocaso. “¡No te vayas de nosotros, señor!..., no te vayas porque seremos encadenados nuevamente, y nuestros hijos serán asesinados en los altares de los dioses, le clamaban a voces.

“Las arcas reales de Madura se iban agotando rápidamente en el rescate de esclavos y en alimentar aquella inmensa ola humana semidesnuda y hambrienta. El dolor del valeroso Príncipe crecía también hasta hacerse desesperante y angustioso, cuando un poderoso príncipe que reinaba en las regiones del Ganges y de Birmania le envió emisarios anunciándole que deseaba amistad porque quería para sus pueblos la ley que Krishna daba a los suyos.

“Se llamaba Daimaragia y su alianza fue tan firme, que jamás retiró su mano de la mano que había estrechado. “Mi pan es tu pan –le dijo, cuando ambos príncipes se encontraron en Calcuta–. Salvemos juntos al Decán de la iniquidad y del crimen y si has consumido tus tesoros, yo conservo los míos que sobran para hacer feliz la tierra donde descansan nuestros antepasados. “Detrás del rey Daimaragia llegaron otros de más modesta alcurnia, el de Penchad, de Belhestán y de Nepal, que se pusieron a las órdenes del Príncipe de Madura para devolver la justicia, la paz y la prosperidad al Decán, que caminaba a la más espantosa ruina: la desnatalidad; pues las mujeres se negaban a tener hijos que les eran arrebatados para venderlos como víctimas propiciatorias de un culto de crimen, de muerte y exterminio.

“Y alrededor de Krishna, se amontonaron como palomas perseguidas por los buitres, veintiséis centurias de mujeres en estado de gravidez, pidiéndole protección para el ser que latía en sus entrañas. Y en la más grande fortaleza de Madura, en Thinneveld sobre el mar, hospedó a aquellas infelices víctimas del egoísmo humano, todas ellas en la segunda edad, en la adolescencia y primera juventud. (La vida humana estaba dividida en edades de diez años; o sea que la primera edad duraba hasta los diez años, la segunda hasta los veinte, la tercera hasta los treinta y así sucesivamente).

“De este hecho, los adversarios levantaron al Príncipe espantosas calumnias, diciendo que había robado a sus maridos las más bellas mujeres del Decán para formar el más grande serrallo que príncipe alguno hubiese tenido.

Krishna había puesto la segur a la raíz del árbol dañino que destruía el país: la mortandad de niños en los altares de dioses sanguinarios, creaciones horrendas de la avaricia humana. Las infelices madres defendidas por él, se sintieron fuertes para defender a su vez a los hijos que aún no habían nacido y desde los torreones de la fortaleza, organizaron ellas mismas una defensa contra la que nada pudieron las flechas de sus perseguidores, que rodearon la fortaleza para sacarlas a la fuerza. Aquellas mujeres se tornaron fierecillas contra los que pisoteaban sus sentimientos de madres y arrojaban a sus enemigos hachones ardiendo de cáñamo engrasado, lluvia de piedras, recipientes de aceite hirviendo, y todo cuanto pudiera servirles para exterminar a aquellos que lucraban con la vida de sus hijos.

Krishna conoce a Malwa[editar]

“Otro acontecimiento inesperado se cruzó en el camino del Gran Apóstol del Decán, creándole nuevas dificultades y mayores sacrificios. Un poderoso Maharajá del país de Golconda sobre el gran golfo de Bengala, tenía entre sus muchos tesoros una hija llamada Malwa, cuya hermosura y sabiduría atraían a cuantos príncipes llegaron a conocerla. Bicknuca, su padre, la reservaba celosamente, a fin de hacer con ella una alianza ventajosa para sus intereses. Mas, el corazón de la hermosa doncella le desbarató los proyectos y esperanzas, enamorándose muy secretamente de un doncel extranjero traído al país entre un grupo de rehenes, por los guerreros de Bicknuca que hacían largas excursiones por el Norte fantástico, poseedor de incalculables riquezas.

“De la antigua y legendaria Samarcanda, era el hermoso doncel de los ojos azules y cabellos dorados como las piedras y arroyuelos de su tierra natal. Se llamaba Oflkan, y de tal manera se enamoró de él la hija del Maharajá, Malwa, que no tardaron en hallar el medio de burlar la vigilancia en que se guardaba a los rehenes, los cuales sacaron partido de este amor oculto para escapar de sus guardianes y huir a su país.

“Malwa se vio grandemente comprometida ante su padre y los guerreros, algunos de los cuales sospecharon que por amor a uno de los rehenes la joven princesa les había ayudado a escapar. Iba a ser juzgada su conducta si los rehenes no eran encontrados, y se le daría la pena que se daba a las doncellas nobles que traicionaban su raza y su país. Se las encerraba en una torre-templo, consagrada toda su vida al culto de su dios, sin tornar a ver a ningún ser viviente sobre la tierra. De estas infelices secuestradas había varias, y entre ellas una que tenía fama de grande sabiduría, por lo cual era consultada detrás de rejas y velos, por aquellos que se hallaban en situaciones difíciles.

“Malwa fue a consultarle, y aquella mujer recluida hacía muchos años, le contestó: “Sólo hay un hombre que puede salvarte de caer en el fondo de esta Torre y es el Príncipe de Madura. Hazle llegar tu queja, dile que en tus entrañas alienta un nuevo ser, y sólo él tendrá compasión de ti”.

“La infeliz princesa, que a nadie había descubierto el secreto de su estado, se llenó de asombro cuando la reclusa se lo dijo, y se echó a llorar amargamente.

“—Tu maternidad no es un crimen –prosiguió la reclusa–.

“Crimen cometen los hombres que ponen precio al corazón de sus hijas, y crimen ha cometido el hombre que te hizo madre y te abandona a tu suerte”.

“El postiguillo de hierro se cerró ante la llorosa princesa, que volvió a su morada dispuesta a cumplir la orden de la reclusa.

“Y un mensajero suyo fue en busca de Krishna con el mensaje de Malwa escrito en un trozo de blanco lino y encerrado en un tubo de plata.

“Toda una noche caviló el príncipe sobre la extraña encrucijada que le salía al paso, y a la mañana siguiente pidió permiso a su abuelo para tomar como esposa a la hija del Maharajá de Golconda.

“Y al momento salió un convoy de suntuoso cortejo a solicitar a Bicknuca la mano de su hija para el Príncipe heredero de Madura. Los caballos del convoy corrían como el viento y llegaron cuando sólo faltaban horas para que Malwa fuera sometida a juicio y condenada a reclusión.

“El Maharajá complacido por la ventajosa unión, olvidó su agravio, y su cólera se convirtió en júbilo porque el reino de Madura era de los más antiguos y poderosos del Decán.

“Siguiendo la costumbre, entregó su hija al cortejo, que la encerró en una pequeña carroza de oro y seda sin que nadie viera su rostro, y la transportó a Madura donde el viejo rey y el príncipe la esperaban.

La boda entre Krishna y Malwa[editar]

“Cuando pasaron las grandes fiestas populares por el matrimonio del príncipe, su madre, Devanaguy, le llevó la esposa a la cámara nupcial, y por primera vez en su vida se encontró Krishna solo con una mujer.

“La infeliz se arrojó a sus pies para besarlos, porque le había salvado algo más que la vida: la honra; pero Krishna levantándola, la hizo sentar a su lado y le habló así:

“Mujer, no te acuso ni te recrimino. No tengo nada que perdonarte porque sólo eres una víctima del egoísmo humano. Hago tal como tú lo has querido, para salvarte.

Adopto tu hijo como si fuera mío, para que sea el heredero de Madura, pero no me pidas un amor que tengo ya entregado a la humanidad que me rodea.

“Estaré contento de ti, si sabes ser tan discreta que todos vean en ti la fiel y honorable esposa, consagrada al amor de su hijo, al cuidado de mi madre y de mi abuelo.

“—Y para vos ¡oh, príncipe generoso y bueno! ¿Nada queréis de mí, que me doy a vos como una esclava? –preguntó tímidamente la joven.

“—¡Nada! Seguid amando al hombre que os hizo madre, y que acaso gime en el mayor desconsuelo por no haber podido esperar la llegada de su hijo; y si algo queréis darme, venga vuestra mano de aliada para trabajar a mi lado por la igualdad humana en esta tierra de esclavitudes y de injusticias.

“La princesa tomó con las dos suyas la mano tendida de Krishna, y le dijo con la voz temblando por un sollozo contenido:

“—¡Aliada hasta la muerte príncipe... y para siempre! Razón tienen los que piensan que no sois un hombre, sino Vishnú encarnado para salvar a los hombres.

“Y Malwa rompió a llorar en tan angustiosa forma, que Krishna se conmovió profundamente.

“—Si lloráis así con tanta desesperación –le dijo–, lamentaré el haberos atado a mí con el lazo del matrimonio, que os impedirá ir a encontraros con el que amáis.

“—Lloro de agradecimiento por vuestro sacrificio en mi obsequio, puesto que tampoco vos podréis tomar una esposa que os dé hijos para el trono de Madura –le contestó Malwa, cuyo corazón había casi olvidado al padre de su hijo.

“—Si él me hubiera amado como yo le amaba, no me hubiese abandonado, sino que hubiese huido conmigo –decía a su salvador cuando la calma renació en su agitado espíritu.

“Ni aun Devanaguy, madre de Krishna, conoció nunca el secreto que murió con ellos mismos.

El hijo adoptivo de Krishna[editar]

“Y cuando el niño nació, el viejo rey de Madura lo presentó al pueblo que así podía estar seguro de que la dinastía de Ugrasena permanecería por mucho tiempo al frente de su país. Malwa cumplió su palabra de aliada, y se convirtió en madre de las madres perseguidas para arrancarles sus hijos, que destinaban a los sacrificios. A tal punto se identificó con el pensamiento y el anhelo de Krishna, que sus adversarios decían llenos de ira:

“—Este príncipe audaz y temerario, se unió a la princesa de Golconda porque era el reverso de su propia imagen. “El viejo rey murió cuando su glorioso nieto estaba próximo a la tercera edad, o sea, los veinticinco años cumplidos. Y el niño de Malwa que aún estaba en la primera edad, fue proclamado heredero de Krishna, el mismo día que él fue coronado Rey. Y Bicknuca, Maharajá de Golconda, proclamó a su pequeño nieto heredero también de su trono, por lo cual quedaban unidos en una alianza fuerte y solemne los dos más grandes reinos del Decán.

“Si como heredero Krishna hizo tan grande obra civilizadora en aquellos países, cuando ocupó el trono de su abuelo su acción se extendió enormemente, pues tuvo aliados poderosos hasta más allá de los Himalayas por el norte, hasta los Urales por el noroeste, y hasta el Irán por occidente.

“Y como sabía que su vida era breve en los arcanos de Atmán, asoció a todos los actos de su gobierno a la admirable mujer que era su aliada, Malwa, a fin de que ella fuese la guía de su hijo cuando éste fuera subido al trono.

“Una inmensa paz se extendió como una ola suave y fresca, que hacía felices a los pueblos a quienes llegaba la influencia de aquel rey ungido de Atmán, para llenar de dicha y abundancia a los pueblos.

“Y entonces Krishna comenzó su labor de orden interno y espiritual, para lo cual abrió casas de estudio y de meditación allí donde lo creyó oportuno, poniéndolas bajo la dirección de los Kobda-Flamas de las Torres del Silencio.

“Y retirándose él mismo en días y horas determinadas, escribió el admirable Bhagavad-Gita, y los Upanisad, colección de máximas de una moral sublime, como aquél es el tratado magno, de la más elevada y sutil espiritualidad”.

Tercera parte[editar]

(AE, EL SACRIFICIO DE KIRSHNA)

“Los mercaderes de carne humana viva eran los únicos descontentos y perjudicados en su insaciable acumular tesoros a costa de vidas humanas, y casi todos se habían retirado a países bárbaros para extender allí la zarpa, y comenzar de nuevo sus latrocinios y crímenes.

“Y cuando Krishna iba a cumplir la tercera edad o sea los treinta años, se vio rodeada Madura de una numerosa turba de malhechores armados de hachones encendidos y de flechas envenenadas, que gritaban como energúmenos:

“—Entregadnos a vuestro rey que nos ha llevado a la miseria y al hambre, porque de lo contrario moriréis todos abrasados por las llamas o envenenados con nuestras flechas.

“Hombres y mujeres corrieron a todas las puertas y murallas para formar una infranqueable defensa de su amado rey, pero como habían sido tomados de sorpresa se veían en situación desventajosa para enfrentarse con aquella numerosa turba de malhechores y de tribus salvajes, que parecían demonios escapados del abismo donde anidan como víboras venenosas todos los males de la tierra.

“Krishna, después de tres días de meditación, reunió su Consejo de Gobierno que estaba formado por los representantes de cada uno de los príncipes, sus aliados, por Malwa que representaba a Golconda y por sus tres discípulos y confidentes: Adgigata que era el Asura (quiere decir inspirado para las escrituras sagradas). Paricien, pariente cercano de su amigo el rey Daimaragia, y el más sabio filósofo y médico de su tiempo. Y Arjuna, llamado el vidente por su clara visión de los planos astrales y espirituales en casos determinados.

“El joven rey quería entregarse a aquella muchedumbre de fieras hambrientas de su sangre, a fin de que no atormentasen a su pueblo fiel. Pero su Consejo se oponía, pensando que una vez desaparecido Krishna, el pueblo desorientado y el desorden, acabarían por arruinarlo todo. “Los días pasaban, y cada uno de ellos marcaba un número de víctimas entre el pueblo de Madura. Y cada víctima arrancaba un sollozo del corazón de Krishna que decía:

“—¡Mueren por mí!

Malwa y su pequeño hijo que ya tenía diez años, no se apartaban del rey ni un momento por temor de que él se entregase a sus enemigos. Y la inteligente y discreta princesa que había despachado desde el comienzo de la lucha, emisarios secretos a su padre, esperaba cada día la llegada de los bravos guerreros de Golconda que salvarían la situación.

“A su vez y por separado y también silenciosamente, Paricien había pedido socorro a su pariente, el rey Daimaragia de Calcuta; Adgigata y Arjuna lo habían pedido a otros dos príncipes aliados, el de Bombay y de Rhanpur, y todos ellos, sin descubrir a nadie su secreto, esperaban. El único que no había pedido auxilio a nadie era Krishna, que creía llegada la hora de sacrificarse por su pueblo, para dar ejemplo de amor fraterno y de amor a la paz, que había procurado imponer como un ideal sublime en la tierra.

“Cincuenta y dos días llevaba Madura de estar sitiada, y como aún no faltaban los alimentos necesarios, el pueblo se sentía fuerte en resistirse a la entrega de su rey. Sus feroces enemigos aullaban como lobos alrededor de las fuertes murallas naturales que le formaban las rocas cortadas a pico de los montes Cardamor en que estaba edificada. “Krishna, en continuo contacto con su pueblo, le exhortaba a la calma y les hacía comprender que para él nada significaba la muerte si con ella les había de proporcionar la paz.

“—Sin vos, señor, seremos de nuevo esclavizados –le decían a gritos–. Vivid, vivid, que sólo así seremos felices. “De pronto comenzaron a aparecer en todas direcciones del horizonte numerosas huestes guerreras, que como una avalancha cayeron sobre los sitiadores de Madura. “Sobre los cerros que circundaban la vetusta ciudad hacia el oriente, ondeaba el pabellón de Golconda como una ala gigantesca de sangre y oro, y esto sólo les llenó de espanto, pues sus guerreros eran tenidos por los más bravos de aquella época. Poco después de ellos, comenzaron a llegar los guerreros de los demás países.

“Los torreones de la vieja fortaleza se llenaron de banderas blancas, como si una bandada de palomas aleteara sobre ella. Luego, a través de una bocina, se oyó la voz de la princesa Malwa que decía: “—Soy yo que he llamado a los guerreros de mi padre para defender a mi esposo, del injusto y traicionero ataque que le habéis hecho. En nombre de él os prometo el perdón si os retiráis tranquilamente a vuestras casas. De lo contrario, los guerreros de Golconda os aniquilarán completamente. “Espantosos alaridos se oyeron hacia todos lados que decían:

“—Que nos devuelvan nuestros esclavos y nuestras mujeres. ¡Muera la extranjera! Muera el que atropelló con nuestros derechos y nos redujo a la miseria. “Ante tales groseros insultos el pueblo perdió toda serenidad, y viendo que los guerreros de Golconda bajaban de los cerros como una ola humana a todo el correr de sus corceles de guerra, los sitiados subieron a los torreones y almenas, a las copas de los árboles y a todos los sitios más elevados, y una lluvia de piedras, de flechas, de hachones encendidos, cruzaron en todas direcciones. La voz del príncipe calmó de nuevo a su pueblo enfurecido y dijo a los sitiadores: “—No sé quiénes sois. Bien veis que estáis vencidos por las numerosas huestes guerreras de nuestros aliados. Os doy diez días de plazo para que me mandéis emisarios que resuelvan conmigo pacíficamente el problema de vuestras reclamaciones.

“Los sitiadores se retiraron desordenadamente, y Madura quedó rodeada por un bosque de lanzas que brillaban a los últimos resplandores del sol poniente. “Todos eran felices en la vieja ciudad de Ugrasena; y pueblo y guerreros se entregaron jubilosamente a festejar el triunfo. Sólo Krishna sufría honda tristeza en su corazón. Había dado cuanto de sí puede dar un hombre animado de buena voluntad y contando con los medios para hacer felices a sus semejantes, puestos por el gran Atmán en medio de su camino. Y aún así, veía con dolor que si había dado la dicha a los unos, había despertado odio profundo y rencorosa aversión en los otros. Y sumido en el silencio de su alcoba en penumbras, pensaba hora tras hora:

“¿Dónde encontrar la dicha de los hombres?” “Sus genios tutelares, los grandes Devas sus amigos, que custodiaban desde sus altos planos luminosos, el sacrificio de su compañero, tejieron para él con los hilos mágicos de la Luz Divina, una hermosa visión que llenó su alma dolorida de claridad y de paz. “Vio una larga escala de transparente cristal, que desde el plano terrestre iba subiendo hasta perderse de vista en lo infinito del espacio y de la Eterna Luz. Todos los matices del iris resplandecían a través de su nítida transparencia. Estaba dividida en nueve tramos, y cada uno de ellos irradiaba a larga distancia una luz diferente. Y Krishna se vio a sí mismo subiendo el sexto tramo de aquella radiante escala de cristal.

“Y una voz íntima que vibraba sin sonidos en lo más hondo de su ser le decía:

“—Estás terminando de andar la sexta jornada, en la que has creado para la humanidad una justicia y una paz a medida de la Voluntad Eterna. Has hecho cuanto debías hacer. En tu subida al próximo tramo de esa escala se te descubrirá dónde puedes encontrar la felicidad para los hombres, y la tendrán todos los que sigan tu ruta”. “Cuando el príncipe ya sereno y tranquilo descorría las cortinas de su ventana, para que la luz solar entrase por ella, vio al pequeño Shanyan, su hijo adoptivo, que subido a lo alto de un corpulento magnolio, cuyas ramas tocaban a su ventana, esperaba tranquilamente con su flauta de bambú en la mano. Sus miradas se encontraron, y Krishna le sonrió afablemente.

“—¿Qué haces allí? –le preguntó. “El niño no contestó, sino que empezó a tocar una hermosa melodía que él le había enseñado desde chiquitín y le había dicho: “—Esta melodía se llama “Busco tu amor”, y la tocarás para todo aquel que tenga tristeza en el alma. “El príncipe bueno y justo comprendió que el pequeño había adivinado su tristeza, y buscaba curarlo con la tierna y dulce cadencia de su flauta.

“El alma pura y sensible de Krishna sintió como una suave oleada de ternura que la inundaba. Vio en el amor inocente y franco de aquella criatura, el amor de todos los hombres que llegaron a comprenderlo, y tendiendo sus robustos brazos hacia el magnolio, se asió de sus ramas y las atrajo hasta alcanzar la mano de Shanyan, que como ágil pajarillo de las selvas, saltó de rama en rama hasta encontrarse entre los brazos de su padre, que en verdad sentía la dicha de aquel inocente amor. “—¿Has visto cómo te sanaste, padre, con mi flauta de bambú? “—Sí, hijo mío, me has curado la tristeza diciéndome que buscas mi amor. Tal debes hacer con todos aquellos que llevan sombra gris en los ojos. Ven ahora conmigo al pabellón de los heridos y veremos si hay forma de aliviarles. “—Ya fui con mi madre y hemos llevado raciones de pan y miel para todos. No había ninguno triste, por eso no toqué en mi flauta. Sólo tú estabas triste, padre, y todos saben que tú llevas la tristeza en el alma.

“—Es que me hicieron rey, hijo mío, y ningún rey puede estar contento en esta tierra si sabe lo que es la carga que lleva sobre sus hombros. ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar? “—¿Yo? Pues llenaría todas las bodegas de pescado seco, harina y miel para que ninguno tenga hambre. Les daría a todos flautas de bambú para cantar tu canción favorita y espantar la tristeza. ¿No es así como se hace dichoso a todos? “—Sí, hijo mío, sí. Pero si los hombres rompieran y pisotearan tu flauta, y despreciaran tu pescado, tu harina y tu miel, ¿qué harías?

“Los ojos castaño claro del niño parecieron sombrearse de una imperceptible bruma de tristeza y contestó: “—Si rompen las flautas y rechazan los dones, será porque son malos y gustan apoderarse de lo que no es suyo. Y entonces yo tomaría un látigo y les daría azotes como hacen los guardianes en los fosos de esta fortaleza con las fieras, cuando se enfurecen contra sus cuidadores. “—Serías un rey justiciero –dijo Krishna. “—Yo, sí. Pan y miel al que es bueno y quiere la flauta de bambú. La tristeza y el látigo para los malos que no dejan vivir tranquilos a los demás. “—¡Pobrecillo! –dijo el buen rey acariciándolo–. Que Atmán llene tu corazón de nobleza y de bondad, para que llegues a amar aún a los que desprecien tu flauta de bambú.

“Los diez días que el príncipe dio de plazo a los descontentos pasaron, y él esperó en vano verles llegar a exponer sus reclamaciones. Llegó el gran festín del pueblo al cumplir su rey la tercera edad; o sea los treinta años, y ningún acontecimiento adverso vino a turbar el júbilo de aquel pueblo que se sentía dichoso bajo la protección de su soberano.

“Y cuando su suegro Bisnuka, Maharajá de Golconda, se sintió morir, llamó a su heredero para dejarle coronado rey. Krishna quiso que la princesa Malwa llevase a su hijo para asistir también ella a recoger la última voluntad de su padre. Y partió el convoy de la princesa custodiada por cien arqueros. Krishna le acompañó en la primera jornada y se tornó a Madura en compañía de Arjuna, Paricien y cuatro arqueros formando un pequeño grupo de siete caballeros en ligeros corceles. Mas, al llegar a una encrucijada de la montaña sombría de árboles y a la escasa luz final del ocaso, les cortó el paso una turba de ochenta jinetes armados de hachas, puñales y flechas, que aullaban como lobos rabiosos. Arjuna, que era el de más edad y menos apto para las armas, corrió hacia Madura para traer una legión de defensa. El príncipe no quería defenderse; pero Paricien y los cuatro arqueros armaron rápidamente sus lanzas y formaron círculo a Krishna.

“—Vamos a ver, ¿qué queréis que así aulláis como las fieras de la selva? ¿No os di plazo para solucionar vuestro problema? “—No queremos otra solución que la entrega inmediata de las dos mil seiscientas mujeres que guardáis en la fortaleza, y de los cuarenta mil esclavos que nos habéis quitado para que se paseen triunfantes por las ciudades y los campos. “—Seguidme a Madura y allí hablaremos. Tened en cuenta que esos esclavos han sido rescatados con el oro de las arcas reales. Vosotros lo habéis recibido a satisfacción y ahora reclamáis por ellos. Obráis con injusticia manifiesta y con tan mala fe que os asemejáis a malhechores que asaltan en los caminos a las personas honradas. “—¡No queremos más filosofías que nos perjudican! Firmad aquí mismo una orden de que nos sean devueltos esclavos y mujeres, y os dejamos continuar libremente vuestro camino.

“—¡Un momento! –gritó con desesperación Paricien, temiendo más que de la turba de bandoleros, del mismo Krishna que nada permitiría hacer para salvarle. Y apartándolo hacia atrás de los arqueros, le dijo en voz baja: “—Prometedles que les complaceréis para dar tiempo a que vuelva Arjuna con el auxilio pedido. “—¿Qué es lo que me pides, amigo mío? Eso sería una mentira por debilidad, por temor de la muerte. ¿Cómo puedo prometerles que les complaceré, si sé que no debo hacerlo y que no lo haré jamás? “—Pensad que no sería por salvaros de la muerte, sino por la salvación de esas mujeres, de esos niños y de todos esos infelices esclavos. “—¡Es mi hora, Paricien, es mi hora! Feliz de mí, si compro con mi vida los grandes dones de Atmán para la humanidad. Necesito de ti, Paricien, para que me ayudes a morir como me ayudaste a vivir en la voluntad de Atmán. Venga un abrazo que será el postrero. –Paricien sollozando hondamente estrechó al príncipe que pronto se arrancó de sus brazos.

“—Idos con él –dijo a los arqueros–, que yo sólo me basto para tratar con estas gentes. –Y avanzando hacia la turba que le esperaba con el arco ya dispuesto, cruzó sus brazos sobre el pecho y les dijo: —¡Tirad! “—¿Te niegas, pues, a grabar tu nombre al pie de esta orden? –gritó uno de los bandidos. “—¡Sí, me niego! –les contestó. “—Mira que morirás aquí mismo y de igual modo asaltaremos la Fortaleza, y cazaremos como gamos a todos nuestros esclavos y a las mujeres. “—¡Lo habéis oído!, –dijo Krishna a los suyos–. Idos a tomar las medidas necesarias para evitarlo. “Un arquero salió a todo correr de su caballo. “—Contaremos hasta cien –propuso uno de los bandidos–. Si en ese tiempo no grabas tu nombre dispararemos nuestras flechas. “—Perdéis el tiempo –contestó impasible el príncipe. “—¡Idos he dicho!, –volvió a insistir Krishna dirigiéndose a Paricien y sus arqueros, que obedecieron en el acto, pero sólo para introducirse en una caverna a la vuelta del cerro ante el cual se hallaban y quedarse allí en observación.

“—¡Preparad vuestras flechas y disparad contra los cuatro tiradores de ellos, antes que ellos lo hagan contra él!, –dijo Paricien a sus tres arqueros. Y cuando el que contaba entre los bandidos iba a llegar a cien, Paricien y los suyos dispararon flechas contra los tiradores que debían matar a Krishna, y tres de ellos cayeron muertos, mas la flecha disparada por el cuarto había dado en el blanco, y Krishna cayó herido de muerte, pronunciando estas sublimes palabras: “—¡Gran Atmán..., he cumplido tu voluntad! ¡Dadme Señor la paz y el amor entre los hombres! “Al ver tres de sus hombres muertos, los bandidos juzgaron que llegaban los ejércitos de Madura y huyeron hacia la Fortaleza, para asaltarla antes de que pudieran defenderla. “Paricien y los suyos corrieron hacia el príncipe que aún estaba consciente. “—Amigo mío –le dijo–, no amargues mi agonía con tu desesperación. Ya era la hora de mi libertad y de mi paz. Piensa en Malwa y en mi hijo, y con Arjuna y Adgigata ayudadla a ocupar mi lugar.

“—¡Mi Rey! –gritó con suprema angustia Paricien–. Que Atmán te reciba en su luz y su gloria, y seas el genio tutelar del Decán para que no vuelva a las tinieblas. “Krishna estrechó débilmente la mano de su amigo, mientras sus arqueros le besaban los pies llorando amargamente. Con el incendio purpurino del ocaso que doraba el paisaje, se cerraron sus ojos a la vida material para abrirse los de su espíritu a su gloriosa inmortalidad. “Paricien sólo conservó a su lado uno de los arqueros y los otros dos fueron enviados para avisar a los príncipes aliados que debían disponerse para la defensa, pues la Serpiente Roja estaba dispuesta a levantar de nuevo la aplastada cabeza.

“Y cargando en su propio caballo el cuerpo de su rey, siguió camino hacia Golconda, donde se encontraba la princesa con su hijo. “El rey Bisnuka aún vivía y se le ocultó el triste acontecimiento, hasta que terminado el trabajo de embalsamamiento del cadáver, se organizaron los solemnes funerales de las hogueras encendidas en círculo alrededor del féretro durante siete días consecutivos, pasados los cuales, el féretro era paseado en una balsa cubierta de flores y antorchas sobre el Ganges, el río sagrado, desde cuyas ondas, según la tradición del país, los Devas recogían el alma pura del justo que había muerto por el bien de sus semejantes.

“—No quiero que mi cadáver sea tomado para adoración de los hombres –había dejado escrito el santo príncipe en sus cartapacios, y los kobdas-flamas, de acuerdo con Malwa y los tres amigos íntimos, le ocultaron muy secretamente en un gran peñasco blanco de Bombay, al cual estaba adherida la Torre que tenía el número 49 que era la destinada a panteón funerario de las momias de los grandes maestros de la viejísima Institución. “Y la princesa Malwa cubrió aquel sagrado túmulo que guardaba la momia de Krishna, con el manto de oro y diamantes que su padre había mandado tejer con todos los diamantes de Golconda, para cuando su hija fuera coronada reina.

“—Si algún día –dijo ella a sus consejeros– los países que Krishna hizo dichosos, padecieran carestía y hambre, su Rey guarda en la tumba más de lo suficiente para alimentar por diez años a todo el Decán. Ya lo sabéis. “Y el culto hacia aquel gran ser que fue para ella más que su padre y su madre, porque era Vishnú encarnado, la hizo fuerte para gobernar hasta la mayoría de edad de su hijo, los dos más poderosos reinos de aquella época: Madura y Golconda.

“Las dinastías de Ugrasena y de Bisnuka, unidas, mantuvieron la justicia y la paz de Krishna durante tres centurias y media más.

“Más tarde, el egoísmo de los hombres comenzó de nuevo la siembra de iniquidad que fue ahogando lentamente la buena simiente. Pero las lámparas vivas de las Torres del Silencio, no se apagaron por completo, y esas lucecitas símbolo perpetuo de una fe inmortal y de un amor eterno, alumbrarán de nuevo los campos de la humanidad”.

Debajo de este relato aparecían cuatro nombres grabados con punzón ardiente:

“Adgigata, Patriarca de las Torres del Silencio; Arjuna, Asura del Reino de Madura; Paricien, Primer Consejero; Malwa, Reina madre de Madura y de Golconda”.

Véase también[editar]