Carta de María de Mágdalo a Boanerges

De Obra FCU
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(CL, EN EL LAGO MERIK)

Y por fin enterémonos de la epístola que María de Mágdalo escribía a Boanerges, en contestación a la que encontró de él a su llegada con Pedro a casa de Marcos, en el puerto de Joppe:

“Salud y paz de nuestro Maestro y Señor, para ti mi fiel trovador y querido Hermano Boanerges. Llegada a Joppe en compañía de Pedro, encuentro tu epístola de la que recojo las noticias que me das respecto de parientes míos encontrados en Rafia. Todo cuanto me dices es la verdad, y me apena mucho que la primita Amada haya resultado muda. De niña supe que no hablaba hasta los cinco años, época en que tuve la última noticia. Después nos perdimos en las escabrosidades de la vida unos y otros, y no supe más de ellos. La muerte de Cecilia la deja en desamparo, bien lo comprendo, y tú me pides autorización para traerla a Mágdalo. “No solo a ella, sino a todos los pequeños que necesiten el calor de un hogar, puedes invitarles a venir aún cuando este país no es lo que era año atrás.

“No sé el tiempo que faltaré de la Aldea, ni sé hasta cuando mi nuevo padre Pedro me tendrá en su compañía. Pero en el Castillo todo seguirá como antes, y en ausencia mía, tú como mi Notario y Fatmé como mi dama de compañía, son mis mandatarios de confianza.

“Ezequiel nuestro Escriba, te reemplaza, al lado de Hanani, y ambos hacen tu labor esperando tu regreso.

“Esto no quiere decir que debas apresurarte a volver. El inmenso dolor que todos llevamos como una llaga viva e incurable en el corazón, quizá se alivia un tanto respirando otro aire, viendo otros horizontes, dejando flotar el alma más allá de donde pueden los recuerdos asestarnos puñales a cada instante. No sé, Boanerges, si tu dolor habrá llegado hasta igualar al mío, pero tus trovas me dijeron siempre que sentías como yo sentía y llorabas lo mismo que yo.

“Leyendo entre líneas, me parece ver tu predilección por la pobrecita muda que toca el arpa y pinta hermosos cuadros. No debo insinuarte nada, pero si tu corazón te inclina a ella, déjalo libre, que al amor verdadero no se le ponen trabas, porque es lo único que hace a la vida terrestre digna de ser vivida. Si así lo haces..., ¡pobre niño poeta lírico y soñador!, me aliviarás de la honda angustia que era para mí, el sentir que tu alma buena me seguía como una sombra, sin comprender que seguías a otra sombra que no podrá jamás revivir, porque he muerto con Él, pero no me ha sido dado resucitar con Él. Era como tú me decías allá, a tus catorce años:

“Vive como un hombre pero no es un hombre”. ¡Tenías razón y eras un niño! No era un hombre y por eso la muerte no ha podido destruirlo. Él venció a la muerte porque era un Dios nacido entre los hombres. Pero se fue de nuestro lado..., a su Reino de los Cielos, y no puedo consolarme de su ausencia eterna. Así y todo, te repito que al amor, aunque a veces sea un tormento no deben ponérsele trabas porque él vale más que todas las grandezas de la tierra.

“Me darás pues una satisfacción, si un día me dices que amas a mi prima Amada, que toca el arpa y pinta lienzos... ¡No importa que sea muda! Para un grande amor, las palabras sobran. Eres dueño de tu corazón y puedes darlo a quien te dé el suyo. Y ya sabes que mi casa seguirá siendo tu casa por todo el tiempo que quieras habitar en ella.

“¡Cuando oras, no pidas a Dios que yo me consuele de haber perdido mi único amor grande sobre la tierra!... ¡No se lo pidas por favor! ¡Yo no quiero consolarme! ¡Yo no quiero olvidar!

“¡Quiero padecer con su recuerdo y con su amor hasta morir, porque mientras siento el dolor, estoy convencida de que el amor por Él sigue viviendo de mi propia vida!

“Seas tú feliz, muy feliz querido niño de las dulces trovas y del alma tierna como una flor.

“Nuestro Maestro te amaba con piadosa ternura, y yo debo amarte de la misma manera.

“Darás a María y sus familiares todas mis ternuras. A ella le mandaré epístola antes de partir de Joppe.

“Que el Dios Único adorado por nuestro divino Profeta nos bendiga a ti, a mí, y a todos los que nos hemos prendido de su manto blanco para siempre. María de Mágdalo”.