Apocalipsis de Moisés

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  • Y en la tarde de esa meditación tuvo lugar el cuarto Apocalipsis de Moisés, que fue como el sello de invulnerable diamante que puso la Eterna Ley en esa vida sublime hasta el heroísmo. En un estado extático que duró cinco horas, vio el desfile de aquellas seis existencias anteriores suyas con tan perfecta claridad en todos sus detalles (...) (MS, OTRA VEZ AL DESIERTO)
  • Moisés escribió sobre las jornadas mesiánicas de Juno, Numú, Anfión y Antulio. (MS, El Apocalipsis de Moisés)

Introducción[editar]

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Dijeron a Moisés tres espíritus [ Amonthep, Neferkeré y Pthamer ]:

“–La humanidad ha olvidado lo que hiciste y enseñaste en el pasado, y hoy quiere el Eterno Invisible que escribas con fuego en la piedra, la Ley que Él grabó con su amor en los corazones humanos, y ellos la borraron de sí mismos, la pisotearon y la olvidaron”.

Con una resolución y decidida actitud que sólo en él era posible, sentose ante su mesa escritorio y tomando el primer libro en blanco que le vino a la mano, grabó en la primera página con gruesos signos jeroglíficos:

“Lo que yo vi” (...)

Juno[editar]

“Vi un esforzado marino en lucha tremenda con el mar embravecido, cuyas olas sacudían su embarcación que parecía próxima a zozobrar. Quería atracar en la costa y las olas le batían impetuosamente como millares de monstruos del mar, que quisieran devorar el barco y su capitán. Cuando pudo por fin dominar la furia del mar, sus marineros aparecieron a las maniobras de anclar y amarrar el barco, que era enorme y fuerte como galera hecha para la guerra.

“A la luz de la antorcha que el Capitán encendió, vi claramente su rostro y toda su persona. Si yo hubiera tenido un hermano habría dicho que era él por su parecido a mi fisonomía, aunque su persona era mucho más grande y fornida que yo. Vi que a las señales de la antorcha acudieron al acantilado oscuro y pavoroso, muchos hombres y mujeres con niños de dos a seis años, según me pareció, que entregaban a los marineros, en silencio, como si hubiera entre ellos un convenio anticipado. Las madres lloraban y besaban a sus hijuelos, mientras el Capitán les repetía palabras de paz y de confianza, a la vez que les entregaba petaquillas de cuero en que yo comprendí que había algo importante y de valor por las muestras de agradecimiento que todos ellos manifestaban. Los maestros que me habían conducido hasta allí aparecieron de nuevo y me dijeron en una sola voz:

“–Es Juno, a quien llamaron en Lemuria el “Mago de las Tormentas”, porque cuando el mar estaba enfurecido, los piratas invadían las aldeas de la costa para robar los niños, que vendían a gran precio a los poderosos señores que hacían de ellos el plato exquisito en sus festines. Cuarenta y siete años vivió Juno, y esa fue su tarea desde los veintidós años hasta que, coaligados príncipes y piratas, consiguieron hundir su barco en que pereció él, su esposa ciega, Vestha, y los más viejos de sus marineros, salvándose algunos jóvenes socorridos por los pescadores de la costa. Fue esa tu primera vida misionera en medio de la humanidad terrestre que es tu herencia eterna, aceptada por tu libre voluntad.

Numú[editar]

“Mas, no se detuvo aquí el pincel mago que diseñaba visiones con prodigiosa destreza y claridad. “Apareció una inmensa ciudad toda de piedra de grandes bloques rojos, grises, negros, verdosos, amarillentos, tales como vemos en las canteras cordilleranas de nuestra tierra.

“En una de aquellas casas enormes como montañas cortadas a pico, un ventanal que bordaba la hiedra formando marco a una bellísima jovencita vestida de azul y cofia blanca, mirando distraídamente el pasaje de escuadrones de lanceros que parecían llegar de una campaña.

“Cuando el último escuadrón dejó vacío el lugar, vi un joven pastor con un corderillo en un brazo, y en el otro su cayado, que apresuraba el paso porque el animalito arrojaba sangre de la boca. “La jovencita del ventanal se inclinó hacia él, y le llamó confiadamente como a un amigo conocido: –Ven, –le dijo–, que mi padre tiene un regalo para ti.

“Aquella gran casa era el palacio del Rey, y la niña era su hija.

“El pastor se detuvo y la joven le hizo entrar por el postigo del gran portalón de la entrada.

“Tomó el corderillo y lo dio a una esclava para curarlo. Al joven pastor lo condujo a la habitación guardarropa. Descolgó un lujoso traje de los usados por los príncipes de la casa y le mandó vestirse con uno de ellos para presentarse al Rey que debía hablarle. Grande era la confusión del pastor que no sabía cómo había de colocarse aquella pesada y rica vestidura, y como si fueran llamados aparecieron dos pajes que lo engalanaron rápidamente dejándolo convertido en un gallardo príncipe real, porque aquel pastor tenía un rostro agraciado y gallarda presencia.

“Los pajes le llevaron ante el Rey que detrás de una reja dorada estaba con su hija esperando al visitante.

“El pastor se acercó a la reja y aleccionado por los pajes se inclinó en una profunda reverencia, y la niña dijo a su padre: –Este es, Rey, el esposo que he elegido para mí.

“El cuadro se borró ante mi vista, y vi luego al pastor y la niña en una gruta entre grandes montañas. Una multitud doliente, enferma, haraposa, les rodeaban y ellos dos curaban sus llagas, calmaban sus llantos, les daban de comer, les vestían de limpio, les amparaban del frío en grandes cuevas con hogueras encendidas, con lechos de pieles, con cobertores de lana.

“Mis tres maestros aparecían de nuevo y una sola voz me decía:

“–Es el Príncipe pastor, es Numú y su esposa Vesperina que hacen de la humanidad doliente la porción escogida que responderá un día al ideal supremo de fraternidad y de amor que tú y ella sembráis en los mundos que os fueron confiados”.

“En ese preciso instante vi en el pastor mi propia persona, y en la niña vestida de azul, a la pequeña Merik, que ya no vivía en la Tierra y con quien yo celebré esponsales, allá en el castillo del Lago Merik, cuatro años hacía.

“No pude soportar más aquella visión y cubriendo mi rostro con ambas manos traté de aquietar mi corazón que latía violentamente.

“Cuando me descubrí busqué una mirada alentadora del tío Jetro, pero sus ojos estaban cerrados y todo él parecía una estatua de marfil formando un solo cuerpo con su enorme sillón de nogal enfundado en blanco lienzo. Me sentí solo con todo lo extraterrestre que me rodeaba. Cerré también mis ojos y me crucé de brazos como quien se entrega rendido y sumiso a ese oculto poder soberano, ante el cual me sentía como un menudo pececillo flotando en aguas desconocidas.

“Sentí que gruesas lágrimas rodaban de mis ojos cerrados y escuché como a lo lejos mi propia voz que susurraba:

–“¡Señor!... ¡Dios Infinito Dueño de todo lo creado!... ¡Hágase tu Voluntad en este y en todos los mundos!”

–Una paz suavísima me invadió de inmediato y luego una ternura confiada de quien se sabe protegido y amado. Y otra vez los tres maestros de la niñez sin cuerpo de carne, estaban ante mí entre un nimbo de luz que me permitía percibir hasta el más pequeño detalle de sus personas. Los tres hablaron en una sola voz:

“–No temas nada, Moisés, que los maestros que guiaron tu niñez y primera juventud cumplen hoy el mandato Divino de acelerar el reconocimiento de ti mismo a fin de que sabiendo el que fuiste en tu pasado, aceptes sin violencia y sin negaciones el presente que ha comenzado en estos parajes calificados de lugar de tu destierro, y es el sitio de la gloriosa apoteosis de tu vida actual”.

Anfión[editar]

“No bien extinguida la voz, no les vi porque un nuevo escenario apareció en el lugar en que ellos estuvieron. Una ciudad populosa, con enormes torreones de piedra color turquesa y mansiones de estructura piramidal y de una inmensidad espantable, aparecían entre bosques de pinos y de palmeras. Largas filas de lanceros, numeroso pueblo, un pórtico majestuoso y por fin un vasto recinto muy blanco, encortinado profusamente de un vivísimo azul..., y allá al frente, un joven Rey descendía de su trono, entregaba cetro, collar y corona, a unos Ancianos de angustiada fisonomía, y desaparecía silenciosamente hacia el interior, luego de bendecir a dos guardias que doblando una rodilla en tierra, besaban sus manos, y levantaban después el cortinado para que el Rey pasara. Yo sentí en ese instante el dolor de los Ancianos que recibían los atributos reales, y de los dos guardias bendecidos por el Rey.

“Todo aquel grandioso escenario desapareció como al impulso de un soplo mágico que lo hubiera destejido y desecho súbitamente. La voz de mis tres maestros allí presentes se me hizo oír de nuevo:

“–Acabas de ver la renuncia noble y heroica de Anfión, Rey de Otlana y Theos-Kandia, o sea tú mismo, a fin de evitar una guerra de exterminio entre los dos países hermanos, promovida por la soberbia y ambición de Alpha-Huari, su hermano menor, que dos años atrás luchaba por conseguir la sublevación de los países que gobernaron sus padres. A veces los grandes hechos se repiten a través de las edades, y tal como en aquella hora la renuncia de Anfión Rey, no fue el triunfo de Alpha-Huari, sino su derrota, de igual modo tu renuncia de Superintendente Virrey de Egipto en la hora presente, es otra nueva derrota para el Faraón”.

“Como yo pensara sin hablar que no veía derrota alguna en el Faraón por mi renuncia, la voz triple de mis maestros contestó a ese pensamiento:

“–Hoy no puedes ver tu victoria sobre el Faraón y su espantosa derrota *–referencia a la reina Gala y su hijo bastardo–, pero la verás cuando hayan pasado veinte años más. Busca en las Escrituras del Patriarca Abydos que tenéis en vuestros Archivos y encontrarás con detalles la obra de Anfión Rey de Otlana y Theos-Kandia en la desaparecida Atlántida. Más grande aún será la tuya no siendo Rey sino sólo un Mensajero del Eterno Dios Invisible”.

Antulio[editar]

“La voz se apagó de nuevo y otro escenario apareció ante mí: Era una esplendorosa ciudad, tan magnífica y grandiosa como no he visto otra con mis ojos de carne, y un joven Maestro, filósofo o profeta, hablaba ante una apiñada multitud de gente joven, varones y mujeres.

“Era el inmenso pórtico de la “Casa de la Vida” como llamamos en Egipto a un gran Sanatorio donde se estudia Medicina, y donde los médicos cirujanos hacen toda clase de operaciones, y es también aula donde sabios profesores dan lecciones a los que aspiran a la ciencia de curar las enfermedades humanas.

“Mas, no era una clase de Terapéutica lo que aquel hombre daba a la multitud sino una enseñanza filosófica y moral, una lección de vida pura para vivir con salud y con alegría, para formar una sociedad noble, digna, honorable y justa, capaz de servir de ejemplo y modelo a todos los pueblos de la tierra.

“Como en éxtasis escuché a aquel Maestro y pensé de inmediato:

“Yo pienso como él, y si algún día la Divina Ley me coloca ante una cátedra para enseñar a las multitudes hablaré de igual modo que él lo hace”. Recuerdo bien esta frase repetida varias veces:

“La vida ordenada y pura, o sea sin excesos y sin abusos, es claridad en la mente y salud en el cuerpo”.

“Le vi luego en el gran Templo de Zeus ante un auditorio sacerdotal contestando a preguntas que le hacían sacerdotes de alta jerarquía a juzgar por sus vestiduras de púrpura y brocado, y tiaras y mitras que resplandecían de oro y pedrería. Oí que le decían:

–Has enseñado en tu escuela que el alma va y vuelve en repetidas existencias carnales, después de haber recorrido todas las formas de vida desde la piedra, la hierba, el insecto, el ave, y la bestia, en inmensas edades. ¿Te desdices de tan tremenda aberración con que enloqueces a la juventud?

“–No, porque es la Verdad.

“–Mira que estás jugando la vida. Enseñas que la muerte no existe, pero de seguir por el camino que vas existirá para ti. –Tales palabras fueron pronunciadas por el que parecía ser Pontífice, o Sacerdote Máximo de aquel tribunal.

“Entonces escuché una clarinada y otra y otra más, seguidas de aclamaciones y aplausos a alguien que llegaba. La gran puerta de oro y cristal se abrió de par en par, y una sonora voz dijo: –Un heraldo real con un edicto de nuestro Rey Faselehon.

“El tribunal se puso de pie menos el Sacerdote Máximo.

“El Heraldo rompió los sellos y cintas de un blanco papiro y leyó: –Gloria y alabanza a Zeus que nos da aire, luz y vida. Por estas letras ordeno y mando que no se cause molestia alguna a mi médico y maestro de mis hijos, Antulio de Manh-Ethel, y que sea al instante acompañado hasta su Escuela por quien lleva este mensaje. Yo, Faselehon, Rey de Zeus y de Mauritania.

“Cuatro apuestos lanceros rodearon al Maestro Antulio, y el Heraldo le ofreció el brazo, y le sacó del gran templo de Zeus.

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“Todo se llenó de oscuridad, de silencio, de pavor. Me latía violentamente el corazón, pues sentía como si fuera yo mismo quien se hallaba entre dos poderosas fuerzas que se encontraban frente a frente: el poder sacerdotal y el poder real.

“Pensé en los Archivos que me entregó el sacerdote Neferkeré, descendiente de Anek-Atón, que también se vio de frente ante el poder sacerdotal de su tiempo, y murió poco tiempo después envenenado”.

“–También yo he asistido a tu radiante Apocalipsis, Moisés –dijo el tío Jetro despertando de lo que yo creía un tranquilo dormir.

“Como yo lo mirase asombrado, él continuó: –Sí, hijo mío. Es mi hora de gloria. El hacerte compañía y ser un testigo ocular de tu vida en el desierto, es para mí la gloria con que nuestro Padre Eterno corona mi azarosa vida.

“¿Qué más puedo pedir como terminación de ella?...

“–Puesto que lo has visto, tío, dime ¿qué piensas de todo cuanto ha ocurrido esta noche aquí? –le pregunté después del silencio que siguió a las afirmaciones de él.

“–Tú dormías aún en la inconsciencia, como nos ocurre a todos al comenzar la existencia carnal, hasta que algo extraordinario nos despierta a la realidad. Así, pienso, hijo mío, que la Eterna Potencia ha enviado Heraldos junto a ti que descorriendo velos encubridores de misterios divinos, quedes enterado por fin de quién eres y por qué estás en la carne sobre esta tierra.

“Todo tiene su hora fijada en lo infinito del espacio y del tiempo, y cuando esa hora llega... ¡Oh! Hijo de Thimetis, el Eterno Poder usa de medios que ignoramos los humanos cuando ha sonado la hora de que se cumplan en los mundos sus voluntades soberanas.

“En mis viejos archivos que irás conociendo cada día, hay mucho de lo que tú y yo hemos contemplado esta noche con vida real, como sucediendo de nuevo.

“Te aseguro que hay gran diferencia entre saberlo a través de borrosos signos de Escrituras arcaicas, que verlo vivir en los elevados y purísimos planos en que la Luz Divina conserva cuanto acontece en todos los mundos del Universo.

“En las criptas sagradas de los Templos de Sais y de On, pude ver pasajes de las vidas planetarias de nuestro gran Padre Sirio, Jerarca de este Universo de mundos al que pertenece nuestro Sistema Solar. ¡Oh!, ¡mi niño grande de veintitrés años terrestres, que son como una hora en la Eternidad!

“¡Tengo el presentimiento de que tendrás una larga vida, acaso más fecunda que todas en manifestaciones estupendas de las grandezas de Dios!

“Yo escuchaba en silencio la disertación de mi tío Jetro, aunque en mi íntimo Yo no había la absoluta convicción de cuanto él decía con tan plena certeza.

“–Tío Jetro –dije por fin–. Acompáñame a pedir al Eterno Invisible la capacidad de conocer, de comprender y de ser lo que Él quiere de mí.

“–Así lo hago y lo haré, hijo mío, que para eso te ha traído Él hasta mi humilde morada”.

Véase también[editar]

Referencias[editar]